Eduardo José Cárdenas
1. El derecho de familia,
como el derecho en general, ha sido una permanente quita de poder a los brujos de la
tribu. Me explico: si en la tribu hay una epidemia de gripe o una mujer está delirando
permanentemente, el brujo produce su rito hechicero y decreta que alguien debe morir o ser
exiliado, por que es el culpable. El brujo tiene comunicación directa con los dioses.
Nadie más que él sabe el porqué de esa sentencia.
El derecho, en cambio, hace
previsibles las consecuencias sociales de las acciones del ciudadano. Determinadas
conductas traerán prisión, otras sólo reparación de los daños causados, otras serán
causal de divorcio, y así podría seguirse. Nadie va a ser exiliado ni muerto por cometer
adulterio, por ejemplo. El derecho es el terreno de la transparencia y de la libertad,
ganado al reino de la condena misteriosa y el poder acumulado: el reino de la brujería.
Cuando la sociedad tiene algo muy
importante que defender, lo deja en el reino de los brujos. Ellos condenan al que
contraviene los grandes mitos. Los brujos siempre existieron y existirán, sólo que
cambian de apariencia. (Entre paréntesis: ¿quiénes serán los brujos actuales? Quizás
entre ellos se encuentren los medios de comunicación).
Por estar en la familia el centro
misterioso donde se relacionan los sexos y se transmite la vida, éste era el reino
preferido de los brujos. Fue muy tarde (en realidad, cuando la familia como organización
comenzó a perder poder social) que el derecho puso un pie real en ella (antes eran puras
declamaciones). Todavía hoy se siguen abriendo áreas hasta ayer interdictas (el abuso
sexual intrafamiliar, por ejemplo), y es posible que queden muchas otras aun cerradas.
La apertura hacia lo público
introduce racionalidad y democracia en la familia, lo que no quiere decir que se olviden
las jerarquías sino que aumenta la previsibilidad y disminuye la posibilidad de
despotismos. Incluso dentro de las áreas liberadas, se mueven los aprendices de brujos.
Cuesta creer cuántos abogados aconsejan aun hoy a sus clientes en estado de separación,
que se abstengan de tener relaciones con miembros del otro sexo, o las tengan en la
clandestinidad hasta que estén divorciados. No les explican que la única consecuencia
jurídica de esa conducta, hoy en día, es eventualmente perder el divorcio (si no logran
que sea por culpa de los dos esposos) y el derecho a percibir alimentos, cosa que a la
mayoría de los clientes no les interesa. Muchos abogados tienen un pequeño brujo
adentro.
2. Pero el derecho mismo
puede convertirse en arbitrario y represor. Me explicaré. Según la teoría clásica, la
ley tiende al bien común social, desde donde se reparten los derechos y las obligaciones.
Pero la ley es dictada por alguien, por un actor social. Y muchas teorías, en especial la
marxista, opinan que la ley es dictada por el sector más poderoso y dominante, y que su
objetivo es simplemente que se perpetúe esa dominación. Se estatuye como válido y
oficial un orden de cosas que favorece el predominio de la clase rectora. En el derecho de
familia, por ejemplo, el poder del pater se afirma, en desmedro de la mujer y los
hijos. Piénsese, por ejemplo, que entre las causales de desheredación de nuestro Código
Civil está que el descendiente haya acusado criminalmente al ascendiente de un delito que
merezca una pena de prisión de cinco o más años. O sea que una niña no podría acusar
a su padre de abuso sexual sin perder el derecho a la herencia...
Queda contradecida así la teoría
clásica. Esta teoría es utópica, dicen los marxistas y otros, por que no tiene en
cuenta que la ley es dictada por el sector social que tiene el poder, y lo hace en
beneficio propio, en miras a su perpetuación en el gobierno formal o informal de la
comunidad. Esta ley ya no es brujería, por que está escrita y las consecuencias de la
conducta son previsibles, pero es represora.
Fue un gran jurista peruano,
Fernando de Trazegnies, quien elaboró una doctrina intermedia entre el marxismo y la
teoría clásica del bien común. Y lo hizo en un magnífico librito llamado "Ciriaco
de Urtecho, litigante por amor". Trazegnies, por un problema de aviones, quedó
varado en una pequeña ciudad del Perú y se dedicó unos días a investigar en el
Archivo. Encontró un expediente de fines del siglo XVIII en el cual un ciudadano
español, Ciriaco, demandó para pagar la libertad de una negra esclava de la cual estaba
enamorado. Su propietario se opuso, arguyendo que el derecho de propiedad era en estos
casos inviolable y nadie podía obligarlo a vender a su servidora.
A fines del siglo XVIII todavía el
régimen de la esclavitud era una pieza clave del ordenamiento social de las colonias
españolas, pero mucho menos de lo que lo había sido en el pasado. Por otra parte,
avanzaba la idea y el sentimiento del amor como fundamento de la relación entre el hombre
y la mujer, de la relación de pareja. Las interpretaciones legales, entonces, aparecían
como permitidas. Y los textos legales podían encontrarse en las viejas Partidas abonando,
como suele suceder, cualquiera de las dos soluciones. El juez estaba en una encrucijada de
caminos y optó por favorecer el amor.
Sobre la base de este caso
Trazegnies elaboró una teoría del derecho más compleja que la clásica y menos
determinista que la de los discípulos de Marx. El derecho, según él, es elaborado por
los actores sociales dominantes pero presenta grietas, intersticios. Sus fórmulas siempre
son ambiguas y dan lugar a interpretaciones. Y cuando la evolución social permite que
nuevas interpretaciones de las viejas leyes sean pensadas y sostenidas, esas mismas
antiguas normas pueden transformarse en instrumentos de liberación. El derecho es,
entonces, un campo en el cual están tiradas armas de diverso tipo. Pueden ser usadas para
la conservación de lo anterior, pero también para la construcción de lo nuevo.
Esto ese patentiza en el derecho de
familia. Las mismas normas del divorcio (la causal de divorcio por injurias graves, para
dar un ejemplo) son usadas en diferentes tramos de la cultura. Hace unos años se
consideraba injuria grave que la mujer no cosiera los botones ni planchara las camisas de
su marido. Hoy el mismo concepto puede ser interpretado de otra forma. Con la misma arma,
se conserva el antiguo régimen de dominio patriarcal, o se avanza hacia uno nuevo.