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La autora analiza en especial la discriminación en el
trabajo de la mujer argentina (teoría y realidad).
Voy a iniciar este tema sobre el trabajo de las mujeres
a partir de los resultados de las encuestas realizadas por la
Organización de las Naciones Unidas sobre la discriminación femenina en
1980, que indican que las mujeres, aunque representan el 50% de la
población adulta del mundo y un tercio de la fuerza de trabajo
"oficial", realizan casi las dos terceras partes del total de
horas de trabajo, reciben sólo una décima parte del ingreso mundial y
poseen menos del 1% de la propiedad mundial. Es decir, a pesar de que
oficialmente, al menos en los países occidentales, no se admite
legalmente la discriminación laboral sobre las mujeres, en la práctica
sigue existiendo una clara diferenciación, por razón de sexo, en lo que
respecta a salarios y a condiciones laborales.
La causa de tal situación la podemos encontrar si
analizamos la experiencia laboral y de clase de las mujeres trabajadoras (1),
lo que inevitablemente no lleva a observar cómo la interacción entre las
relaciones de género y las relaciones de clase han condicionado la
presencia de las mujeres en el trabajo.
Para ello voy a realizar un análisis que implique
relacionar la posición de las mujeres en la estructura de la producción
con su posición en la estructura familiar, y ver sus repercusiones
directas en la estructura del mercado laboral.
En las sociedades precapitalistas las mujeres jugaban
un papel importante como fuerza de trabajo agrícola, existía una unidad
económica familiar campesina en cuanto el hombre y la mujer realizaban un
trabajo agrario similar. La consolidación de la economía capitalista, el
desarrollo de la sociedad liberal, la transición a la economía de
mercado y la aparición de la sociedad liberal burguesa contemporánea,
quebró esa unidad económica familiar campesina y estableció dos
esferas, "la pública" y "la privada" que propició la
división sexual del trabajo, asignando unas funciones, unos espacios y
unos trabajos, en función del sexo.
Ello implicó una infravaloración del trabajo
femenino. Si bien las mujeres tradicionalmente eran quienes trabajaban en
la manufactura del lino, esto dejó de ser así cuando aparecieron las
hiladoras mecánicas, donde pasó a ser un trabajo calificado y reservado
por ello a los hombres. Las mujeres siguieron desempeñándose en el
oficio, pero utilizando únicamente las antiguas ruecas, lo que no era
considerado trabajo calificado y por ello el pago era mucho menor.
Lo que resulta importante de este proceso es el
análisis de la división sexual del trabajo que siguió al desarrollo de
la tecnología y de la mecanización: la división sexual del trabajo
entre diferentes oficios completaba de hecho la división sexual del
trabajo específico dentro del proceso productivo: las mujeres eran
relegadas al uso de técnicas de trabajo más intensivo y de menor
eficacia.
Es decir, las mujeres fueron excluidas de una técnica
definida como masculina y especializada, se relegaba a las mujeres a
realizar las tareas manuales, en tanto que los hombres eran quienes
utilizaban la nueva tecnología. La consecuencia de ello fue un incremento
de la productividad de la mano de obra masculina, mientras que la de la
femenina se estancaba.
Este proceso tuvo como consecuencia acrecentar el
prestigio del trabajo masculino y disminuir el estatus de las mujeres,
desarrollándose genéricamente la diferenciación entre mano de obra
cualificada y mano de obra no cualificada, por eso la cualificación se ha
asociado tradicionalmente a las características masculinas y la no
cualificación a las femeninas. La lucha masculina por conservar su
prioridad de mano de obra cualificada frente a la maquinaria y frente a la
"intrusión" de las mujeres no cualificadas, era también un
esfuerzo por mantener su estatus social y de género en el seno de la
comunidad y de sus propias familias.
Así, en la vida de la nueva clase burguesa, la
división sexual del trabajo en el seno de la familia tuvo una
trascendencia básica para el desarrollo de la empresa capitalista. En las
sociedades contemporáneas, la creación de la esfera privada fue
determinante para la elaboración de la demanda de consumo que caracteriza
a las sociedades modernas.
La identidad masculina quedó vinculada al concepto
emergente de "profesión", en tanto que la femenina era
considerada dentro de un marco exclusivamente familiar.
La autoridad de la familia de clase media era el
"pater familias". Este ejercía su autoridad a través de la
herencia y a través de la transmisión del apellido. Por ello, el
matrimonio y la familia funcionaban como mediadores entre lo público y lo
privado, conectando el mercado con lo doméstico: la mayor parte de la
producción generadora de beneficios se realizaba a través de la empresa
familiar. Las formas de propiedad, autoridad y organización se
estructuraron a través de relaciones de género, a través del
matrimonio, la descendencia y la herencia.
Los hombres de clase media trabajadora que aspiraban a
ser "alguien", a contar como individuos por su riqueza y
capacidad de mando o de influjo sobre los demás, necesitaban estar
insertados en una estructura familiar que les brindara la ayuda femenina
esencial para desarrollarse en la esfera pública, ya que para ocuparse
exclusivamente de la parte profesional, de todo lo demás deberá ocuparse
la mujer. El reflejo de esa tendencia la encontramos aún hoy cuando pesa
como determinante en la elección para ocupar determinados cargos que el
estado civil del hombre sea el de "casado" situación que en el
caso de la mujer se da a la inversa.
Así, la consolidación de un tipo de familia y de unas
relaciones económicas que podemos definir como "patriarcales",
ha representado la asignación a las mujeres de unos espacios determinados
en función de su capacidad reproductiva: la asignación del mundo de la
esfera privada, del hogar, del cuidado exclusivo de la casa y de los
hijos, en definitiva, la progresiva consolidación (como modelo ideal
deseado por la ideología dominante), del modelo femenino que se ha
definido como "ama de casa". (2)
Esta separación de las mujeres del ámbito de la
producción para definirlas fundamentalmente por su lugar en el ámbito de
la reproducción es un ejemplo claro de cómo la división sexual del
trabajo y las identidades masculinas y femeninas son un producto
histórico, social y cultural.
Esta división del trabajo según el sexo, va a ser
mantenida y presentada como algo "natural", es decir,
"derivada de una supuesta naturaleza femenina", histórica,
propia de una "identidad femenina" que presupone funciones y
actuaciones específicas para las mujeres y asegurada por una educación
que tradicionalmente preparaba a cada persona para las funciones que le
serían asignadas en el futuro: a las niñas, para casarse y permanecer
vinculadas al trabajo doméstico, y a los niños para un trabajo
remunerado, para mantener económicamente a los demás miembros de la
familia.
El trabajo femenino remunerado fue considerado como un
mal necesario y sólo posible cuando el hombre de la casa no ganaba lo
suficiente para poder mantener a su mujer y a sus hijos. El modelo de
trabajo femenino que se mantuvo a lo largo de todo el período
protoindustrial fue básicamente el trabajo a domicilio, pues era ideal
debido a la no separación de hogar y lugar de trabajo.
En consecuencia se puede caracterizar este trabajo
remunerado de las mujeres en las sociedades contemporáneas, íntimamente
relacionado con esta "construcción discursiva" de lo social en
la experiencia laboral femenina y masculina como un trabajo secundario,
subsidiario, respecto a la actividad realizada por los hombres de la
familia.
El peso de los roles sexuales tradicionales es
determinante en las ocupaciones que son accesibles a las mujeres, los
"trabajos propios de su sexo", ya que su presencia en el mundo
laboral no se concibe como permanente, pues su función fundamental se
continúa vinculando al rol de esposa y madre.
La mujer con trabajo remunerado ha tenido que seguir
llevando el peso, en exclusiva, del trabajo doméstico y del cuidado de
los hijos, en función de una ideología de género profundamente
interiorizada en nuestra sociedad; ocupaciones que por lo general le
impiden realizar cursos de capacitación para progresar en el trabajo.
Esa falta de educación adecuada y de una preparación
profesional de calidad dirigida a las mujeres determina igualmente que se
les asigne puestos inferiores o auxiliares.
En conclusión el trabajo femenino considerado siempre
como una "ayuda", secundario, transitorio y no cualificado, se
convierte en una mano de obra barata. La idea de inferioridad femenina
justifica tradicionalmente el pago de un salario la mitad o un tercio
menor que el de un hombre.
La simple reivindicación económica de "a igual
trabajo, igual salario" se convertirá en el caso de las mujeres
trabajadoras a lo largo del siglo XX en un indicador de algo mucho más
complejo en lo que se entrelazan relaciones de poder, de género y de
clase.
Estas diferencias que se producen en la sociedad
contemporánea corresponden a una representación ideológica que, como
vengo explicando, se fue convirtiendo en hegemónica a partir del
desarrollo de las sociedades liberal-burguesas.
El resultado de la historia de la separación de hogar
y trabajo fue la consideración del sexo como la única razón de las
diferencias en el mercado laboral entre hombres y mujeres. Y también
entre las clases trabajadoras se fueron subrayando con énfasis las
diferencias biológicas y funcionales entre hombres y mujeres, y se
terminó por legitimar e institucionalizar estas diferencias como base de
la organización social.
A esta interpretación de la historia del trabajo de
las mujeres contribuyó la opinión médica, científica, política y
moral que recibió el nombre de "doctrina de las esferas
separadas", que concebía la división sexual del trabajo como una
división "natural". Así, la línea divisoria entre lo útil y
lo "natural" se borró cuando el objeto en cuestión fue el
género: los discursos y modelos ideológicos relativos al género, a lo
masculino y lo femenino, se articularon de manera nueva desde fines del
siglo XVIII y en el XIX, en función de nuevas perspectivas y necesidades
económicas, y con nuevas consecuencias sociales, económicas y
políticas.
A pesar de estas resistencias, a lo largo de la
industrialización y desarrollo del sistema fabril las mujeres ingresaron
cada vez más masivamente al trabajo remunerado. La mayor parte de las
mujeres trabajadoras eran jóvenes solteras, pero también las casadas
formaban parte de la mano de obra en explotaciones agrarias, tiendas,
talleres, fábricas o en sus propias casas (trabajo a domicilio). Pero
este trabajo femenino seguía implicando -e implica en ocasiones,
todavía- salarios más bajos, y una organización del mercado de trabajo
en función del sexo de las personas.
También hay que resaltar que en los tiempos modernos
hay muchas mujeres con educación universitaria completa que quedan
relegadas a unas pocas actividades dentro de una rama de la producción.
Existe lo que se llama segregación. Esta es "vertical" cuando
se verifica una menor presencia de mujeres a medida que aumenta la
jerarquía de los puestos y es "horizontal" cuando se construyen
ocupaciones en razón del sexo.
A todo ello hay que agregarle la reflexión sobre la
consideración clásica del trabajo del ama de casa, como
"improductivo" bajo la argumentación de que no proporciona
productos acabados como bienes de cambio, sino bienes de uso. Es decir, en
una sociedad en la que se valora sólo el precio de las cosas y los
salarios como precio del trabajo, el trabajo de las amas de casa no es
valorado ni prestigiado. De ahí que los análisis económicos clásicos
consideren a los millones de amas de casa que existen como población
"inactiva".
Por ende y a modo de síntesis cabe señalar, como
rasgos destacables entre la relación de género y de clase a lo largo del
siglo XX, los siguientes:
a) Menor participación numérica de las mujeres en
el mercado laboral con respecto a los varones.
b) La participación económica de las mujeres en el
mercado de trabajo aparece condicionada con respecto a su trabajo no
remunerado en tareas reproductivas, a la organización doméstica, al
ciclo vital personal y familiar.
c) La educación que es considerada como impulsor
fundamental de la inserción de las mujeres en el mercado de trabajo
tiene una relación negativa con otros factores de retención (edad de
casamiento y número de hijos).
d) Se verifica una menor presencia de mujeres a
medida que aumenta la jerarquía de los puestos.
e) Se adjudica a cada una de las trabajadoras
comportamientos y capacidades que emergen de construcciones sociales y
culturales de género (lo femenino), sin tomar en cuenta sus prácticas,
méritos y habilidades reales.
f) Se legitima el relegamiento de las mujeres a
ocupaciones de menor calificación, menor jerarquía y, obviamente,
menor retribución.
Todo lo cual me lleva a concluir que toda esta
atribución naturalizada de determinadas cualidades a un sexo particular,
es un proceso cultural, histórico y político que, al igual que la
división sexual del trabajo es el resultado de una jerarquía social y no
su causa.
PLANO HISTORICO DEL TRABAJO DE LA MUJER EN LA ARGENTINA
El análisis de la participación de las mujeres en el
mercado de trabajo, a lo largo de los siglos XIX, XX y XXI manifiesta,
como ya señalé, ciertas particularidades y a pesar de los cambios,
ciertas constantes. Así es como se manifestó a lo largo de nuestra
historia. Para desarrollar el presente tema quiero señalar que sólo
destacaré algunos momentos significativos en la historia argentina (3),
ya sea por el valor de viejos elementos o la incorporación de nuevos en
lo que hace a la relación trabajo-mujer.
a) Consideraciones durante el período 1890 - 1910
La relación entre mujeres y trabajo es tan compleja y
extensa como la de los varones, aunque la división sexual del mismo
implique particularidades para unas y otros. Durante siglos, las mujeres
participaron activamente de la producción y reproducción familiar, en
trabajos no remunerados y asalariados, dentro y fuera de las unidades
domésticas. Lo novedoso, hacia fines del siglo XIX, no fue, entonces, el
trabajo femenino sino la problematización social de dicho trabajo.
La inmigración masiva, la inserción de la Argentina
en el mercado mundial, el vertiginoso crecimiento de la producción
agropecuaria, y la urbanización conllevaron una serie de fenómenos
(hacinamiento y proliferación de lenguas, epidemias y mortalidad
infantil, prostitución y criminalidad, "mezcla de razas" y
conflicto social) que generaron temores y esperanzas en diversos sectores
sociales. Se destacó el valor de la familia como "célula"
básica de la sociedad vigente o como "motor" fundamental de la
nueva.
La Argentina no estuvo al margen de los procesos
sociales, culturales y políticos que, desde fines del siglo XVIII, en la
cultura occidental resignificaron las concepciones de sexo y diferencia
sexual y naturalizaron el confinamiento de las mujeres a lo doméstico, al
mismo tiempo que las excluían del pacto social y de la ciudadanía. El
lugar natural de la mujer en la sociedad era el hogar, transformado en un
ámbito familiar y privado, sin relaciones aparentes con la producción
económica.
Esta idea de la mujer en el seno del hogar no era
solamente una filosofía política sino también una tendencia dentro de
la Iglesia Católica, muestra de ello es la metáfora utilizada por San
Pablo por la cual el varón era la cabeza de la mujer como Cristo de la
Iglesia y las enseñanzas de este apóstol en cuanto señalaba:
"Mujeres, servid a vuestros maridos, atended a vuestros hijos".
Desde mediados del siglo XIX, diversos intelectuales
habían connotado a la maternidad con el republicanismo, identificando la
misión patriótica y civilizadora de las mujeres con la buena educación
de los futuros ciudadanos.
A principios del siglo XX, la situación era distinta,
la sociedad se veía amenazada por el hacinamiento, el descontento, las
patologías, la promiscuidad sexual, el conflicto social, todos estos
resultados no deseados del proceso de modernización que habían
transformado las esperanzas en inquietudes y temores. La nueva realidad
era insoslayable y la única política posible era afrontarla.
En este contexto, las mujeres de las clases populares
salieron a trabajar. Poco después del Centenario de la Revolución de
Mayo, desde el Departamento Nacional de Higiene (DNH), se advertía a las
madres: "...El tesoro más grande que la naturaleza os concede es el
hijo, el cual representa para vosotras el orgullo íntimo, y para la
patria, la riqueza mayor que tendrá el engrandecimiento nacional.
Alimentarlo y educarlo son las dos grandes obligaciones que os impone la
naturaleza y la sociedad en la cual vivís y a la cual os debéis por
entero...". (4)
Fue a partir de allí que se reformuló a la maternidad
como un vínculo entrañable, orgánico y espiritual, entre la mujer y el
hijo. Se condenó todos los comportamientos que desviaran a la mujer de la
procreación, del cuidado de los hijos y de la atención del hogar
familiar.
A partir de este fenómeno se comienza a cuestionar el
trabajo femenino remunerado, salvo el servicio doméstico. El trabajo, en
algún tipo de producción familiar (rural o urbana), no provocaba ninguna
preocupación social. El trabajo doméstico, emanado de la naturaleza
femenina, era considerado parte de la "misión maternal". El
servicio doméstico que se realizaba para el mercado era considerado como
una tarea natural y apropiada para mujeres solas o para aquellas que
debían mantener (o colaborar en la manutención) de sus familias. Lo
mismo ocurría con la costura y el bordado, y mejor aun si podía
realizarse a domicilio.
Esta reformulación de la maternidad, que tenía como
único destino de la mujer la de procrear hijos, es fundamental para
comprender la emergencia del problema social de la mujer trabajadora. El
trabajo asalariado realizado fuera del hogar, con horarios fijos y
extensos y, más precisamente, el trabajo fabril, aparecían como
contrarios al valor que toda mujer debía darle a la maternidad ya que le
restaba fortaleza al ya débil organismo femenino, le quitaba tiempo de
cuidado y dedicación indispensable a esa maternidad.
Este sistema en el cual había incompatibilidad entre
el trabajo remunerado y la misión primordial de la mujer se ejercía
sobre un campo dinámico de ideas y prácticas, muchas de las cuales se
distanciaban de la ortodoxia militante en diferentes grados: desde la
aceptación pasiva hasta la disidencia activa.
La desviación extrema al modelo propuesto estuvo
representada por algunas mujeres y varones anarquistas que coincidían con
los defensores del orden en atribuir a la maternidad una potencialidad
política fundamental: las mujeres, en tanto madres, tenían en sus manos
la creación de generaciones conservadoras o revolucionarias. Sin embargo,
como sostiene Dora Barrancos, el acento puesto por el anarquismo en la
mujer como mediadora (la madre, la compañera) no impidió su
reconocimiento como sujeto productivo. En realidad, era su condición de
víctima de la explotación capitalista, más que de trabajadora, lo que
entraba en flagrante contradicción con su función primordial, la
maternidad. La alternativa estaba puesta en la sociedad igualitaria y
libertaria del futuro.
La desviación al modelo hegemónico no se encontraba,
entonces, en la negación de la maternidad como misión natural de las
mujeres, ni en el rechazo de la contradicción mujer-madre
trabajo-productivo, sino en otorgarle a esta última una base social e
histórica. Bajo el capitalismo, la única solución era la organización
y sindicalización de las mujeres, preocupación candente para el
movimiento obrero, no sólo por la defensa y protección de la maternidad
sino por la competencia en el mercado de trabajo.
Los menores salarios pagados a las mujeres, sumado a
este problema llegó a introducir en los debates de los congresos obreros
la posibilidad de prohibir absolutamente el trabajo femenino en talleres y
fábricas, aunque finalmente primara la tendencia que sólo consideraba
necesario prohibirlo en tareas que pudiera constituir "un peligro
para la maternidad o un ataque a la moral", tal como había sido
resuelto en el Primer Congreso de la Federación Obrera Argentina (1901). (5)
Las consignas que caracterizaron al movimiento obrero
de este período fueron: sindicalización femenina, prohibición parcial,
igualdad salarial para mujeres y varones.
Fue el Partido Socialista el primero que encabezó la
lucha por la reglamentación del trabajo femenino, como una protección
especial y necesaria con la que debían contar los miembros más débiles
del proletariado. Detrás de ella se hallaba, implícita o
explícitamente, una representación de la mujer y de su lugar en la
familia mucho menos alternativa que la anarquista.
Los socialistas si bien consideraban que las mujeres
eran un sujeto productivo, esta aceptación no era en modo alguno
estimulada. Reconocían, además, que la libertad económica era la base
de la emancipación femenina, pero, en este caso, pensaban mucho más en
lo derechos civiles y en la administración de los bienes en el
matrimonio, por parte de las mujeres, que en el salario.
A diferencia del anarquismo, quedaba mucho menos claro
que la contradicción, mujer trabajo productivo, fuera particular del
capitalismo. Los socialistas mantenían muchos rasgos de la
"domesticidad burguesa" aunque criticaran duramente su moralidad
hipócrita.
Seguía siendo la preocupación primordial el velar por
la salud y el cuidado de los futuros ciudadanos, los que depen-dían
exclusivamente de la mujer, por eso comenzó a considerarse el grave daño
que podía ocasionar el trabajo en las fábricas en el cuerpo de la mujer
destinado naturalmente a la maternidad. En este sentido la reglamentación
impulsada, que con modificaciones sería convertida en ley en 1907, tenía
un claro propósito: cuidar la salud de los niños (futuros ciudadanos),
en particular, y de la sociedad en general. Tal como lo expresaba el
diputado socialista Alfredo Palacios: "...deber nuestro es, e
imperioso, velar porque la modeladora de las generaciones, no degenere
miserablemente. La mujer es la depositaria del porvenir de los pueblos; de
ahí que cuidar de su salud implique trabajar por la fortaleza y el
bienestar de nuestra patria...". (6)
La legislación del trabajo femenino fue secundada
también por sectores conservadores y católicos. Al igual que muchos
socialistas, el catolicismo social oscilaba entre dos conceptos
contradictorios de trabajo para las mujeres. Por un lado sostenía que, la
actividad asalariada las degeneraba a ellas y, fundamentalmente, a su
descendencia, constituyendo el germen de una catástrofe social. Pero, por
otro, decía que el trabajo se presentaba como regenerador de ciertas
mujeres (prostitutas, delincuentes) o ayudaba a prevenir la caída de las
mujeres solas. En ambos casos, es obvio que el trabajo no era considerado
parte del destino natural de mujeres normales y sanas.
Rastros de estas posiciones pueden hallarse en los
premios a la virtud que otorgaba la Sociedad de Beneficiencia a las
mujeres en razón de su "amor maternal o filial" para estimular
a las mujeres a la propagación de talleres en los asilos de huérfanas o
escuelas religiosas (7).
La clave era la relación entre encierro y virtud, plasmada en la
modestia, el sacrificio y la resignación. En el primer caso, sólo se
rompía el anonimato para premiar un paradigma sufriente; en el segundo,
los talleres permitían realizar una tarea no deseable para una mujer,
pero indispensable para salvar su moral, en condiciones espirituales y
físicas garantizadas.
En definitiva, durante este período, las
representaciones acerca de la mujer y el trabajo estuvieron entrelazadas
por la maternidad. Ambos lados de la relación fueron recortados: la mujer
sólo era la madre y el trabajo sólo era el rentado. Sin embargo, estas
particularidades se ocultaron en la universalización de la problemática
de la "mujer-trabajadora".
El trabajo asalariado además de degenerar
orgánicamente el cuerpo femenino, desafiaba moralmente a la organización
familiar desde que la mujer acataba órdenes recibidas de un varón que no
era ni el padre ni el marido. La prostitución y la disolución familiar
hablaban tanto de fantasmas operantes como de una institución "la
familia" aun más deseada que real en la Argentina de principios de
siglo.
El trabajo femenino, entonces, fue considerado desde
diversas perspectivas políticas e ideológicas como incompatible con el
rol maternal, fuera que éste debiera actuar para mantener el orden, para
reformarlo gradualmente o para transformarlo. Sólo algunos/as anarquistas
percibieron en dicha incompatibilidad una contradicción social e
histórica. Para la inmensa mayoría, era la naturaleza femenina la que
hacía de la mujer una madre y no una trabajadora.
b) Consideraciones a partir de la primera guerra
mundial hasta nuestros tiempos
Las representaciones sociales acerca de la relación
del trabajo asalariado de la mujer fueron reformuladas a lo largo del
siglo, se tuvieron en cuenta viejas ideas y valores pero también se
incorporaron nuevas tendencias. Esto no implica desconocer la permanencia,
latente, de un sistema de representaciones que continuaba considerando el
hogar como único lugar natural de la mujer y la maternidad como única
misión y función social, emanada de su naturaleza, en sectores que
podríamos calificar tanto de tradicionales cuanto de progresistas.
Corresponde destacar, a lo largo de estas décadas, dos
momentos que formalmente presentaron mecanismos y estrategias similares de
reformulación: los años 20 y 30, y los 60. En ambos casos, apareció,
por un lado, una imagen de mujer joven (presumiblemente soltera) a la que
se le adjudicó, y reclamó para sí, el calificativo de
"moderna": Su aparente independencia derivaba de su posición
social y/o de un empleo en el sector terciario (la dactilógrafa, la
secretaria ejecutiva), lo cual indicaba cierta capacitación laboral o
profesional (desde la academia del barrio a la universidad). Sus hábitos
y su ropa denotaban preocupación por la moda y disposición al consumo
(el cigarrillo, el cabello "a la garçon" y la mini), mientras
que la existencia de diversos métodos de control de natalidad
supuestamente también ponían a su alcance la posibilidad de una mayor
libertad y placer sexual.
Al mismo tiempo, surgía otra imagen femenina que, a
pesar de sus diferencias, no antagonizaba con la primera sino que, más
bien, parecía ser su relevo. Se trataba del ama de casa, madre, también,
moderna, con algunos años más, siempre linda y arreglada (aunque
siguiendo modas más señoriales). Su aparente autonomía se había
desvanecido: o dependía del salario de su marido o éste administraba sus
bienes. Rodeada de aparatos domésticos, era una ávida lectora de
revistas y libros que le aconsejaban cómo criar y educar a sus hijos/as
correctamente y cómo hacer feliz a su esposo.
Evidentemente, se trataba de representaciones
vinculadas a hábitos y experiencias de la clase media urbana o de quien
aspiraba a serlo(8). Sin embargo, es
importante destacar que estos cambios no desafiaban el paradigma de las
naturalezas sexuadas diferentes.
El peronismo y Eva Perón se constituyeron en el hecho
que más fuertemente impactó sobre las representaciones, las experiencias
y las subjetividades de las mujeres argentinas, tanto por la legitimación
social del sujeto trabajador que no pudo dejar de incluirlas como por el
protagonismo social y político que adquirieron.
Con la primera guerra mundial, la mujeres tuvieron que
reemplazar a los varones en las fábricas de Europa y Estados Unidos, y
así tuvieron la oportunidad de demostrar, para bien o para mal, sus
capacidades productivas y su fortaleza para el trabajo. En círculos más
restringidos, la experiencia soviética había provocado similares
repercusiones.
En los años 20 comenzaron a circular en el Partido
Comunista o entre los socialistas, e incluso entre algunas personalidades
dentro del catolicismo, revistas femeninas y en periódicos sindicales
nuevas representaciones para las mujeres trabajadoras.
Dentro del feminismo socialista, por ejemplo, el
trabajo comenzó a ser crecientemente considerado como instrumento
fundamental de la dependencia económica femenina, paso previo
imprescindible para luchar por su emancipación. Aun cuando muchos
socialistas continuaban considerando el trabajo femenino como un mal
necesario, se le superpuso otra connotación: el salario daba categoría
económica a la mujer; hacía un esfuerzo medible para la sociedad.
Algunas figuras representativas dentro del catolicismo,
que no representaban la opinión mayoritaria dentro de la Iglesia,
también comenzaron a percibir, bajo otras luces, la problemática del
trabajo femenino. La reinvidicación del derecho a la vocación abría un
espacio más allá de la maternidad, que evidentemente podía ser llenado
con tareas poco competitivas con el ideal femenino.
Es cierto que muchos de estos llamados a una mayor y
más plena participación femenina en la vida económica, social, cultural
y política, conllevaban la idea de perfeccionar a la madre. Si se le
confiaba la tarea de formar a los nuevos ciudadanos, la mujer no podía
permanecer ajena a las transformaciones mundiales y nacionales. Por otro
lado, la defensa del hogar necesitaba de su incursión en la vida
pública.
Es obvio que estas ideas estuvieron por debajo de la
sanción de los derechos políticos femeninos (L. 13010) durante la
primera presidencia del general Perón, cuando formulaba en su discurso
que: "...Cada mujer debe pensar que en nuestra tierra es obligación
dar hijos sanos y formar hombres virtuosos que sepan sacrificarse y luchar
por los verdaderos intereses de la Nación. Cada mujer debe pensar que sus
obligaciones han aumentado porque el estado, al otorgar derechos tiene
paralelamente necesidad de exigir que toda madre sea una maestra para sus
hijos, que en su casa construya un altar de virtud y respeto, que
intervenga en la vida pública defendiendo esta célula de la sociedad que
es, precisamente, el hogar que ha de ser sagrado...".(9)
La relación de la participación política de las
mujeres y el discurso maternalista, formaba parte del clima de ideas de la
época y era la principal estrategia del movimiento sufragista local. El
voto femenino, como la posibilidad de resultar electas, aportarían una
fuerza moderadora, lográndose de esta manera, el equilibrio necesario en
la arena política.
El peronismo representa un momento clave para las
reformulaciones y transformaciones de las representaciones sociales e
identidades de clase y de género en la Argentina.
El discurso y práctica peronistas que contenían
elementos tradicionales, paternalistas, con respecto a la femineidad, al
lugar natural de la mujer, sobre los cuales mucho se ha escrito, tuvo una
compleja recepción en una coyuntura específica, individual y social, que
frecuentemente los negaba: las mujeres sintieron que su lugar también
estaba en la calle. Evidentemente, no creían "hacer política";
pero, para defender la familia, para proteger la maternidad, salían de
sus hogares y realizaban otras actividades que, justamente, las alejaban
de la familia y la maternidad. Estas experiencias estaban reforzadas por
una legitimidad social, nunca antes lograda.
La figura de Eva Perón no era ajena a esta legitimidad
ganada. "Evita" no era ni madre ni ama de casa. El
desplazamiento de su amor maternal al pueblo, y de su hogar a la patria,
indudablemente reforzaba el ideal doméstico; pero también permitía
otras prácticas vividas como liberadoras del mandato maternal y del
encierro.
Durante el peronismo, como en otros momentos
históricos, las mujeres utilizaron las contradicciones para lograr
fuertes cambios. Eva, quizá, fue la máxima representación de las
contradicciones del peronismo con respecto a las mujeres: en la calle,
bajo la dirección de un hombre. No muy diferente era la situación de
muchas otras mujeres argentinas de los años 40. Los mitos de Eva han sido
analizados en relación con su posición de clase, con la liberación
nacional y popular. Las contradicciones del peronismo y de Eva, que eran
las que tantas de ellas vivían, posibilitaron acercar, un poco, o por un
tiempo, lo deseado a lo permitido.
Rescatamos de los años 60, las reformulaciones
modernizantes de la femineidad, sea como joven soltera liberada, sea como
ama de casa tecnificada, que formaban parte de un contexto de creciente
participación social, económica y política de las mujeres.
Las expresiones y enunciaciones favorables al trabajo
femenino, que se hicieron tanto en el nivel nacional como en el
internacional, no alcanzaron a resolver su íntima contradicción con la
maternidad, que continuaba siendo considerada, en el sentido común de la
gente el destino natural y la función social primaria de las mujeres. En
el plano abstracto de las ideas, la incompatibilidad entre femineidad y
trabajo se volvía cada vez más insostenible, pero en el plano práctico
de la vida cotidiana y de la subjetividad, los conflictos emergían al
mantenerse la identificación naturalizada entre aquélla y la maternidad.
Los acontecimientos político-militares de los años 70
y la crisis económica desatada en todo el continente hacia fines de la
década, imprimieron nuevos rumbos a las representaciones y las
experiencias de las mujeres trabajadoras. Como reacción a lo que se
había propagado durante la década anterior, tanto en el orden social
como en las relaciones de género, se comenzó con una insistente campaña
de rematernalización de las mujeres, adjudicándoles un rol político
fundamental como garantizadora del orden social. Se empeñaron en
culpabilizarlas del "desorden que existía en el país" por
haber descuidado durante diez años ese rol tan importante. El gobierno
militar que tomó el poder después del golpe de Estado de 1976, las
interpeló directamente: "¿Sabe usted qué está haciendo su hijo
ahora?".
Pero por otro lado, durante ese gobierno, debido a la
crisis económica, se aumentó la participación de las mujeres en el
mercado de la forma más estable y duradera. La crisis también originó
una acción comunitaria de mujeres, a través de organizaciones barriales.
Finalmente no pueden dejarse de lado los efectos en el plazo de las
relaciones sociales, del protagonismo político de las mujeres en la
resistencia a la dictadura, fundamentalmente a través de las Madres de
Plaza de Mayo.
Estas acciones de las mujeres ante la dictadura y la
emergencia de la crisis, fueron objeto de debate en los últimos años.
Algunas investigaciones sostienen que la organización de las mujeres en
barrios no modificó la imagen tradicional de la mujer, ni las preparó
para una participación socio-política más allá de los grupos de
mujeres. En cambio, otros destacan el valor de estas experiencias y
perciben en ellas tanto la posibilidad de constituir nuevas formas de
aproximación a la política como de reformular la identidad femenina. Sin
rechazar el rol doméstico estas prácticas podrían ayudar a transformar
la maternidad, socializándola y politizándola, llevándola de lo privado
a lo público.
En la actualidad existe una creciente participación de
la mujer en el mercado de trabajo, como reflejo de dos factores
principales. Por un lado la evolución de la economía en los últimos
diez años, que sufrió grandes cambios debido al proceso de reconversión
productiva y a la adecuación de la economía a los requerimientos de la
globalización y del comercio internacional. Las prioridades en materia de
política económica se centraron, a partir de la puesta en marcha del
plan de convertibilidad, en el control inflacionario, equilibrio fiscal, y
medidas tendientes a la promoción de la economía con un componente de
exportación más elevado. Este contexto tuvo su impacto en las
estrategias empresariales, que orientaron la inversión hacia la
renovación tecnológica, lo cual generó restricciones en la demanda de
empleo y una mayor selectividad en los requerimientos de los perfiles
laborales. Como consecuencia de ello, el ajuste registrado en el mercado
de trabajo fue muy significativo, y alcanzó con mayor intensidad a los
jefes de hogar varones, en términos de desempleo. De esta manera se
desarrollaron "estrategias del hogar", tendientes a recuperar el
ingreso familiar. Así, las mujeres y los jóvenes comenzaron a tener una
participación más activa en el mercado laboral. Esta situación dio
lugar al fenómeno conocido como "femenización de la fuerza de
trabajo", producido por el fuerte incremento de la participación
laboral de las mujeres, que fue motivada entre otras causas por la
necesidad de compensar la caída de los ingresos familiares. La actividad
económica de las mujeres registró un crecimiento notable a lo largo de
la última década en comparación con los varones que decrecieron o
mantuvieron su nivel de actividad, en concreto y a raíz de la caída en
los niveles de empleo registrados en la industria y en la construcción,
actividades tradicionalmente "masculinas", fueron las cónyuges
las que más incrementaron su participación en el mercado de trabajo,
intentando reemplazar o complementar los ingresos de los jefes de hogar.
Por otro lado, la creciente participación de la mujer
en el mundo del trabajo es acompañada por un marcado cambio de actitud
respecto de la idea de mujer, ya no se la ve como la única responsable
del cuidado de los hijos, y de las tareas del hogar, más bien se habla de
una corresponsabilidad del hombre en las tareas del hogar y en el cuidado
de los hijos. Hoy está visto con toda normalidad que en una familia,
tanto el hombre como la mujer trabajen y que los hombres ayuden con las
cargas del hogar.
REALIDAD DE LA PARTICIPACION DE LA MUJER EN EL MERCADO
LABORAL DEL GRAN BUENOS AIRES
En la última década, la economía argentina sufrió
grandes cambios. La política decidida de apertura económica y la
necesidad de compensar la caída de los ingresos familiares hizo que la
tasa de actividad de la mujer se incrementara debido a la mayor demanda de
trabajo.
La inserción laboral de las mujeres presentó serios
inconvenientes. Hubo un crecimiento de los puestos de trabajo de mujeres,
pero debido al importante incremento de la oferta laboral femenina que se
registró en este período (en parte generado, como ya se señaló, por el
aumento de la tasa de desocupación de los jefes de hogar varones), el
mercado mostró dificultades y restricciones para absorber a dicha masa
oferente.
Las mayores posibilidades de las mujeres para conseguir
trabajo estuvieron orientadas por el tipo de trabajo de características
más precarias (menores ingresos, sin beneficios sociales, etc.).
La expansión de la educación en la última década y
la fuerte participación en el mercado de mujeres pertenecientes a los
sectores medios, los cuales tienen mayor acceso a niveles de educación
superior, condujo a que las mujeres presenten, a diferencia de otro
momento histórico, un nivel educativo más fuerte.
La actividad femenina se concentra predominantemente en
el sector terciario, en concreto en el subsector de servicios. Por un lado
en la Administración Pública, en salud y educación (servicios
sociales), donde las condiciones de trabajo y las remuneraciones han
sufrido un deterioro progresivo como resultado de las medidas restrictivas
del gasto público y por otro lado en el servicio doméstico remunerado,
con precarias condiciones de empleo.
A fin de desarrollar este tema, corresponde señalar
-teniendo en cuenta el trabajo realizado por la Directora de Empleo del
Ministerio de Trabajo y otras personas que se desempeñan en el
Departamento de la mujer(10), y la
información disponible- algunas características que me parecen
centrales, que comienzan a adquirir un peso mayor en el mercado de trabajo
a partir del proceso de feminización mencionado. Los aspectos que
analizaré y que afectan especialmente a las mujeres en relación con el
empleo, son los siguientes:
a) Tasa de actividad.
b) Subocupación.
c) Desempleo.
d) Areas de ocupación.
Antes de pasar al análisis de la información, es
conveniente realizar algunas consideraciones respecto de las fuentes de
información que voy a utilizar y del área geográfica a analizar. Con
respecto a las fuentes, me voy a basar centralmente en la Encuesta
Permanente de Hogares (EPH), la que me va a permitir captar el fenómeno
de la actividad económica, a partir del relevamiento de hogares en el
conglomerado Gran Buenos Aires durante los años 1980, 1991 y 2000(11),
y el censo nacional de población y vivienda, de 1991 y de 1980, a fin de
establecer comparaciones respecto de la tasa de actividad femenina.
En cuanto al área geográfica, me centraré en el
análisis del área metropolitana de Buenos Aires que comprende la Ciudad
de Buenos Aires y 19 Partidos del conurbano bonaerense. Elegí esta
región por ser, a mi juicio, la más relevante ya que concentra el 50% de
la población estable activa, es la región con mayor desarrollo
socio-económico e industrial del país y sobre la que se cuenta con mayor
disponibilidad de información.
El presente trabajo tiene como finalidad lograr un
acercamiento al tema de la situación laboral femenina en distintos
contextos destacando algunas particularidades de la inserción de la mujer
en el mercado de trabajo, pero no llega a ser un estudio detallado y
exhaustivo.
a) Tasa de actividad
El resultado que arrojó el censo del año 1980
respecto del trabajo de la mujer fue descalificante ya que directamente,
las mujeres, aparecieron como inactivas. La realidad demostraba que esto
no era así, por lo que obviamente existió un error en la forma de captar
la información.
A partir de la comparación de las tasas de actividad y
las de desempleo de los censos, las cuales resultaban más bajas que las
registradas en la EPH se pusieron en evidencia las dificultades de
medición que demostraban que se había omitido considerar en su magnitud
el empleo ocasional, irregular, temporal o de pocas horas. Ello dio lugar
a modificaciones en el censo de 1991 en las preguntas referidas a la
participación de la población en el mercado de trabajo. Estos cambios
tuvieron como consecuencia un incremento muy importante de la tasa de
actividad en 1991 respecto de 1980 (ver cuadros I y II).
Los cambios en las preguntas introducidos en el censo
de 1991 se orientaron a privilegiar la actividad de las personas, se
adoptó la filosofía de que los entrevistados son activos en tanto no se
registre lo contrario. Se cambió totalmente el método, se incluyeron
preguntas dirigidas a la actividad en personas que no se perciben como
trabajadoras, por ejemplo, para aquellos que realizan tareas precarias o
informales. Las "amas de casa" y otras categorías de la
inactividad constituyen un grupo residual que se determina indirectamente.
El nuevo censo introdujo un conjunto de cuatro
preguntas mutuamente excluyentes para ser respondidas por "sí"
o por "no", obligando así a los censistas a leerlas una a una y
a los entrevistados a responderlas una a una, en lugar de inducirlos a
elegir una entre varias(12). Al
producirse un cambio en la medición de la población activa en 1991 se
pierde la posibilidad de comparar ese censo con los anteriores:
"...Además de evaluar el efecto del cambio introducido en el
cuestionario sobre la medición de la fuerza de trabajo en 1991 (cambio
técnico), el experimento procuró evaluar el cambio ‘aparente’ ...
que involucra a tasas de actividad obtenidas en diferentes momentos con
diferentes cuestionarios, y el cambio ‘real’ que compara las tasas de
actividad obtenidas en diferentes momentos con el mismo
cuestionario...".(13)
A continuación se detallan en qué consistieron las
preguntas del censo 1991, para demostrar claramente el cambio de
filosofía en la forma de encarar al entrevistado.
1) Durante la semana pasada: ¿trabajó aunque sea por
unas pocas horas?
|
Sí  |
No  |
2) ¿Hizo algo en su casa para afuera o ayudó a
alguien en un negocio, chacra o trabajo?
|
Sí  |
No  |
3) ¿Estuvo de licencia por enfermedad, vacaciones,
etc.?
|
Sí  |
No  |
4) Durante las últimas cuatro semanas, ¿buscó
trabajo?
|
Sí  |
No  |
Es importante señalar que antes de la realización del
censo nacional de población de 1991, con el objetivo de determinar el
efecto que sobre la medición de la tasa de actividad tendría la
modificación de las preguntas se llevó a cabo un experimento consistente
en la aplicación del cuestionario utilizado en el censo de 1980 y del
cuestionario a utilizarse en el de 1991. Se seleccionaron dos grupos en
dos localidades del país: La Matanza, Provincia de Buenos Aires y
Trancas, Provincia de Tucumán. Como resultado de ello se obtuvieron unas
tasas de actividad significativamente más altas (15% en Trancas y 25% en
La Matanza). Se descubrió también que estas diferencias son más
importantes para las mujeres, con niveles de variación que superan el
50%.
Las comparaciones entre el censo de 1980 y el de 1991
comportan un cambio aparente en las tasas de actividad, en particular las
femeninas, lo cual obliga a un análisis cuidadoso de los cambios que
representa. Se debe considerar para ello: a) el cambio técnico, originado
en las modificaciones introducidas en el instrumento de recolección, y b)
el cambio real, producto de modificaciones en la inserción ocupacional de
las personas.
Los datos de 1991 serían más "reales" que
los de 1980 en el sentido de que muestra la actividad económica de
ciertos grupos de población. No ocurre lo mismo con los caballeros que
habitualmente tienen una participación mayor en el mercado de trabajo y
son menos sensibles a los cambios de instrumento de medición.
Para realizar el análisis de la información sobre la
actividad femenina para la región seleccionada, "GBA",
compararé la información proveniente de los censos de población de 1980
y 1991 y de los datos de la EPH para esos períodos respecto de la tasa de
actividad específica por sexo y edad, a fin de establecer las diferencias
y cambios verificados en la tasa de actividad femenina.
Al mismo tiempo se incorporará información
proveniente de la EPH para el año 2000 respecto de la misma tasa, que
permitirá establecer cuál ha sido su evolución.
Según el censo nacional de población y vivienda de
1980, la tasa de actividad femenina (población entre 14 y 59 años)
presentaba el 37,2%. Por su parte, la tasa de actividad masculina de esta
región superaba en más de 50 puntos los porcentuales a las femeninas
(cuadro I).
El censo de 1991 muestra un aumento de 9,5 puntos de la
tasa de actividad femenina, en cambio la tasa de actividad masculina
presentó una variación del 0,6 poco significativa en relación con lo
que se registró para la femenina (cuadro II).
La información proveniente de la EPH no muestra para
la tasa de actividad femenina un diferencia tan amplia entre 1980 y 1991
como la que se registra en los censos de esos años.
En cambio, se observa que en 1980 la EPH registraba
porcentajes más altos en las tasas de actividad femenina que el censo,
mientras que en 1991 esta situación se revierte (ver cuadros I y II).
Dicha situación da cuenta de los comentarios
realizados antes respecto de las notables diferencias que surgen en la
medición a partir de los cambios introducidos en el censo de 1991,
incluso respecto de la EPH, para la región en estudio. La EPH, por su
parte, registra un incremento en la TAF de 0,9 puntos respecto de 1980, lo
cual estaría respondiendo a cambios reales y no a una variación surgida
por un cambio en la medición.
Analizaré ahora la información correspondiente a 2000
tomando, en este caso, la onda de mayo correspondiente a la tasa de
actividad específica por sexo y edad para el Gran Buenos Aires, calculada
según población total de 15 a 64 años: la actividad femenina vuelve a
registrar un importante crecimiento con respecto a 1991 de 9,1 puntos de
diferencia. Los varones registran una disminución, de 0,2 puntos (cuadro
III).
b) Subocupación
Se analizará ahora la población subempleada, es
decir, aquellas personas que trabajan menos de 30 horas semanales y desean
trabajar más horas.
En este caso, en el Gran Buenos Aires las mujeres que
trabajan entre 1 y 19 horas representan un 7,0% y los hombres un 4,6%.
Ello demuestra que la subocupación en el menor tiempo posible es más
patente para el sexo femenino (cuadro IV).
Como se ve el comportamiento de los subocupados según
las horas semanalmente trabajadas es diferente para las mujeres y para los
varones. Las primeras presentan guarismos más elevados en las franjas de
horas trabajadas entre 30-40 horas semanales, mientras que los segundos
observan porcentajes más altos en los tramos de 41-45 y de 46-61 horas
semanales (cuadro IV).
Esta brecha indica que la subocupación afecta en mayor
proporción a las mujeres, quienes a su vez se encontrarían en una
situación más crítica de subutilización que los varones, puesto que
dentro de la población subocupada las mujeres trabajan menos horas que
los hombres.
Es mucho mayor el porcentaje en los hombres que en las
mujeres -jefes de familia- que busquen otro empleo (7,7 puntos de
diferencia). Esta proporción se da a la inversa cuando se trata de
personas que no son jefes de hogar, el porcentaje en las mujeres supera al
de los hombres en un 2,3 (cuadro V).
Esto podría indicar dos cosas: que la cantidad de
mujeres subocupadas que trabajan entre 20 y 40 horas disminuye porque el
peso de la carga del hogar les impide, ocuparse más tiempo aunque lo
desearan, lo cual indicaría (si bien no directamente) una elección; o
que, por las características del mercado de trabajo, tengan más
dificultades que los varones para ocuparse más tiempo. También hay que
tener en cuenta que el tipo de tareas que desarrolla una gran parte de las
mujeres ocupadas (docencia, servicio doméstico, cuidado de personas) son
actividades de tiempo parcial.
c) Desempleo
A partir de los procesos de reconversión y
reestructuración de la economía iniciados a lo largo de la última
década y profundizados en los últimos años, la desocupación se ha
convertido en un fenómeno relevante que afecta no sólo al Gran Buenos
Aires.
Durante 1991, la diferencia entre desocupación
masculina y femenina era muy estrecha (0,2%), mientras que para el 2000
esta diferencia se amplía (2,8%) (cuadro VI).
Al observar la desocupación en su grado de intensidad,
se comprueba que la mayor concentración de mujeres desocupadas se ubica
en el tramo que señala una desocupación mayor a tres meses. En sentido
inverso se da la desocupación de los hombres, ya que la mayor
concentración la encontramos en la intensidad de un mes a tres meses, lo
que puede indicar dos cosas, una que a la mujer le lleve más tiempo que
al hombre reubicarse en el mercado laboral porque se prefiere ocupar
cargos con hombres o bien que la mujer pueda esperar más tiempo para
conseguir un trabajo porque el sostén del hogar es el marido, ello como
producto de una política social (cuadro VII).
Si comparamos la desocupación de acuerdo a su tipo, es
decir si el trabajador tuvo o no una ocupación anterior, observamos que
en el caso de haber estado ocupado anteriormente crece en el porcentaje
del varón un 10,8 por encima del de la mujer, en cambio la diferencia
entre el hombre y la mujer es mucho menor cuando no se tuvo ocupación
antes (1,6) (cuadro VIII). Ello demuestra la realidad histórica de
nuestro país en cuanto a que es muy reciente el puesto que ocupa la mujer
en el mercado de trabajo. Es obvio que en el caso de los hombres
desocupados que tuvieron un trabajo anterior se incrementa la tasa ya que
éstos siempre trabajaron, en cambio las mujeres no.
d) Areas de ocupación
Al analizar la estructura de las mujeres según su
categoría ocupacional se pueden distinguir dos grandes grupos: las
mujeres que se encuentran asalariadas y las que no. Las primeras en la
región del Gran Buenos Aires, concentran en mayo de 2000 un 76,8%,
mientras que el resto representa el 23,2 (cuadro IX).
Dentro del grupo de las asalariadas el mayor porcentaje
de concentración de mujeres lo encontramos en el sector servicios (42,3%)
y el menor en la construcción (cuadro IX).
A igual conclusión llegamos si analizamos las tasas
correspondientes a la población ocupada por carácter y calificación
ocupacional según sexo, pues se observa una gran diferencia ocupacional
entre hombres y mujeres en el sector servicios varios, que se refiere en
concreto a actividades deportivas, artísticas, de alimentación,
alojamiento, servicio doméstico y limpieza, personales, donde el
porcentaje de mujeres ocupadas supera en un 19,5 al de los hombres.
También se observa una diferencia a favor de los hombres de 1,5 puntos en
la ocupación de cargos directivos (cuadro X).
Si se verifica la estructura de las mujeres según su
calificación ocupacional según sea: 1) profesional; 2) técnica; 3)
operativa; 4) no calificada, obtenemos como resultado que el mayor
incremento en la ocupación de mujeres se da en el área número 4, donde
las mujeres superan el porcentaje de los hombres en un 18,1 puntos, lo que
demuestra una vez más que las mujeres son consideradas por el mercado
laboral para trabajos no calificados lo que conlleva una peor retribución
en comparación con los hombres (cuadro XI).
CONCLUSIONES
El análisis que se efectúa a lo largo de este
capítulo tiene como finalidad llegar a un acercamiento de la temática
que rodea a la mujer trabajadora en el Gran Buenos Aires para lo cual se
analizó información disponible hasta el momento del presente trabajo.
Tomando como referencia los ejes tamáticos analizados
en la introducción del trabajo, surgen las siguientes consideraciones:
- La tasa de actividad femenina presenta un notable
incremento entre 1980 y 1991 (según censos nacionales). Esta variación
no sólo es producto de los cambios introducidos en el cuestionario
censal de 1991, sino que comporta también un cambio "real" o
sea un crecimiento de la cantidad de mujeres en el mercado de trabajo.
- De la comparación de la tasa de actividad por sexo
para 1991 y 2000 (según EPH) surgen diferencias significativas, las
cuales estarían respondiendo a comportamientos reales y diferenciales
del mercado de trabajo.
- Comparando el censo de 1980 con el de 1991 se
observa un significativo incremento de tasa de actividad femenina.
- La subocupación en el mercado laboral responde a
la persistencia de una segmentación de género en el mercado laboral.
- Las mujeres tienen mayores dificultades que los
hombres para conseguir empleos a tiempo completo.
- La mujer jefe de familia que trabaja tiempo parcial
no busca otro trabajo porque la carga de la familia no se lo permite.
- La concentración del empleo femenino en
determinados sectores económicos, áreas de ocupación y categorías
ocupacionales, tiene relación con aspectos culturales acerca del rol
femenino tradicional.
CUADROS
A) Actividad
I. Tasa de actividad
según sexo: Censo 1980 y EPH octubre 1980 para el Gran Buenos Aires
(calculada como porcentaje entre población entre 14 y 59 años y PEA
entre 14 y 59 años).
|
Censo 1980 |
EPH 1980 |
|
TAF |
TAM |
Promedio |
TAF |
TAM |
Promedio |
|
37,2 |
86,4 |
59,9 |
40,6 |
86,6 |
62,8 |
Fuente: INDEC, censo 1980. EPH, 1980
II. Tasa de
actividad según sexo: Censo 1991 y EPH octubre 1991 para la región del
Gran Buenos Aires (calculada como porcentaje entre población entre 14 y
59 años y PEA entre 14 y 59 años).
|
Censo 1991 |
EPH 1991 |
|
TAF |
TAM |
Promedio |
TAF |
TAM |
Promedio |
|
46,7 |
87,0 |
67,5 |
41,5 |
85,0 |
65,3 |
Fuente: INDEC, censo 1991. EPH, 1991
III. Tasa de
actividad específica por sexo y edad primera onda del año 2000 calculada
sobre la población total de 15 a 64 años.
|
AÑO |
VARONES |
MUJERES |
|
2000 |
82,5 |
53,6 |
|
1991 |
82,7 |
44,5 |
B) Subocupación
IV. Tasa de
población ocupada clasificada por sexo según horas trabajadas en la
semana EPH, mayo de 2000.
|
Sexo |
Horas trabajadas |
|
1-19 |
20-29 |
30-40 |
41-45 |
46-61 |
62 y más |
|
Varones |
4,6 |
3,5 |
12,6 |
7,5 |
18,7 |
10,7 |
|
Mujeres |
7,0 |
5,4 |
11,6 |
4,4 |
7,7 |
3,0 |
V. Población
ocupada clasificada por sexo y posición en el hogar, según búsqueda de
otro trabajo EPH mayo de 2000
|
Sexo |
Posición en el hogar |
Busca otro trabajo |
|
VARONES |
Jefes |
11,3 |
|
No Jefes |
6,2 |
|
MUJERES |
Jefes |
3,6 |
|
No Jefes |
8,5 |
C) Desempleo
VI. Tasa de
desocupación general y específica por sexo, primera onda del año 2000
EPH.
|
Período |
Total |
Mujeres |
Varones |
|
Mayo 1991 |
6,3 |
6,5 |
6,3 |
|
Mayo 2000 |
16,0 |
17,6 |
14,8 |
VII. Población
desocupada clasificada por sexo según intensidad de la desocupación EPH,
mayo de 2000.
| |
INTENSIDAD DE DESOCUPACION |
|
Sexo |
Hasta 1 mes |
1 mes a 3 meses |
Más de 3 meses |
|
Varones |
16,5 |
16,8 |
20,9 |
|
Mujeres |
10,5 |
9,9 |
25,3 |
VIII. Población
desocupada clasificada por sexo según tipo de desocupación EPH, mayo de
2000
| |
TIPO DE DESOCUPACION |
|
Sexo |
Nuevo trabajador |
Con ocupación anterior |
|
Varones |
3,4 |
50,9 |
|
Mujeres |
5,6 |
40,1 |
D) Areas de ocupación
IX. Mujeres
ocupadas según rama de actividad, EPH mayo de 2000.
|
No asalariados |
23,2 |
|
Asalariados |
76,8 |
c) Industria
|
9,2
|
d) Comercio
|
10,3
|
e) Servicios
|
42,3
|
f) Construcción
|
0,6
|
g) Otros
|
14,0
|
X. Población
ocupada por carácter ocupacional según sexo EPH, mayo de 2000 (salvo el
caso de los directivos, se tomó dentro de cada ocupación el operario no
calificado).
|
Carácter y calificación ocupacional |
Varones |
Mujeres |
|
Directivas |
3,7 |
2,2 |
|
Administración |
0,9 |
2,3 |
|
Comercio |
10,7 |
10,0 |
|
Servicios sociales básicos |
0,5 |
0,6 |
|
Servicios varios |
3,8 |
23,3 |
|
Industria |
3,4 |
1,2 |
|
Apoyo tecnológico |
1,6 |
1,7 |
XI. Población
ocupada por calificación ocupacional según sexo EPH, mayo de 2000
|
Calificación ocupacional |
Varones |
Mujeres |
|
Profesional |
10,5 |
10,2 |
|
Técnica |
16,6 |
21,6 |
|
Operativa |
52,2 |
29,4 |
|
No calificada |
19,3 |
37,4 |
LAS RAZONES DE LA DISCRIMINACION LABORAL DE LA MUJER
Ha quedado establecido a lo largo de este trabajo que,
tanto en el plano sociológico, como en el jurídico, existen
discriminaciones por razón de sexo que se producen hacia la mujer, tanto
en el acceso al empleo como en las condiciones de trabajo, por ello
corresponde hacer una referencia a las circunstancias que permiten esta
situación.(14)
Las razones son de dos tipos:
a) La situación social de la mujer y la
consideración tradicional -en sentido peyorativo- acerca de su trabajo.
b) Los poderes de decisión unilateral que en el
ámbito laboral se reconocen al empresario.
a) La situación social de la mujer
Sin extenderme en las consideraciones que sobre la
situación social de la mujer cabría hacer y que en otra parte de este
trabajo se analizan, es evidente que en gran medida la sociedad sigue
considerando a la mujer como el sujeto que debe hacerse cargo de las
responsabilidades que podríamos denominar "domésticas",
mientras que el hombre aparece como el sujeto destinado a trabajar fuera
del hogar y, en base a ello, a suministrar los ingresos familiares.
Por más que se haya avanzado bastante en la
superación de esta situación, lo anterior aún sigue siendo en gran
medida cierto y esa consideración responde, muy posiblemente, a una
realidad sociológica que, no por injusta, debe considerarse que ya no
existe. Las consecuencias que ello implica en el ámbito laboral son muy
grandes y a veces no se perciben en toda su importancia. Por ejemplo, en
aquellos ambientes sociales en los que la situación de la mujer se
vincula más a su futuro como "responsable de las tareas del hogar
familiar", se evidencia una amplia despreocupación hacia la
formación profesional de la mujer, pues en definitiva el trabajo (el del
hogar, no se valora como tal) no es para ella, sino para el hombre, el
cabeza de familia.
Ese déficit de formación ocasiona menores
posibilidades de empleo y, desde luego, relega a la mujer a los puestos
con menores requerimientos de formación y por lo tanto peor remunerados.
Además, ese clima social crea una cierta presión para que la mujer no
abandone el hogar, para que "no trabaje fuera", lo que de alguna
manera juega en favor de que la mujer acepte, sin excesivos problemas, el
trabajo a domicilio y el empleo a tiempo parcial.
Como socialmente esa idea de la mujer como sujeto
destinado a las tareas familiares tiene mucho peso, y sigue respondiendo
en buena medida a su realidad evidente en ciertos sectores sociales, el
empresario percibe el trabajo de la mujer como algo temporal o marginal.
La mujer trabajará generalmente hasta que se convierta en madre o, en el
mejor de los casos, luego seguirá con las dos tareas -trabajadora y
madre- por lo que su dedicación a la empresa no será todo lo intensa que
sería deseable y posiblemente llegará un momento en que resulten
incompatibles ambas ocupaciones.
Desde esa perspectiva, el empresario no tiene ningún
interés en invertir en formación de la mujer trabajadora, en procurarle
una carrera profesional (¿para qué si en un plazo no muy largo
abandonará la empresa?), o en incorporarla en puestos de responsabilidad
o directivos (pues tendrá otras preocupaciones que le impedirán
dedicarse a la empresa con la suficiente plenitud como lo haría un
hombre).
La realidad, es que el empresario percibe el trabajo de
la mujer como algo secundario; en efecto, para él, la mujer, o trabaja
mientras es joven y hasta que se case o después de casada trabaja para
apoyar al marido con un segundo salario, nunca considera que la mujer
puede ser el sustento principal del hogar.
Desde esta perspectiva se destinan a la mujer los
empleos con menor retribución, por que hay suficiente demanda para ellos
-bien de mujeres solteras jóvenes, bien de mujeres casadas que buscan el
apoyo a los ingresos familiares- el mercado juega así en contra de las
condiciones de su empleo. Además, la mujer se convierte en sujeto idóneo
para cubrir los empleos a domicilio, a tiempo parcial y similares, e
incluso el empresario le hace un favor con ellos, pues considera que la
emplea en puestos que le permiten seguir ocupándose de la familia.
A ello hay que agregar que, en el empresario sigue
teniendo mucho peso la consideración de la mujer como "sexo
débil", por lo que se incrementan las dificultades para que ocupe
puestos de mando o de responsabilidad ("no tendría la suficiente
autoridad", "no sería obedecida", "los hombres no lo
aceptarían", etc.).
El ordenamiento laboral percibe estos problemas, al
menos en su dimensión social más importante y, cada vez más, intenta
introducir medidas que permitan a la mujer compatibilizar su dedicación a
las tareas familiares con el trabajo -no sólo a ella, también al hombre,
pero la realidad social evidencia que son medidas destinadas sobre todo a
la mujer-, así por ejemplo se contempla en la ley de contrato de trabajo
medidas que muchas veces responden a razones fisiológicas (licencia por
embarazo, hora de lactancia), pero otras no (excedencia por cuidado de
hijos).
Ahora bien, si estas medidas son poco importantes,
lógicamente no van a alterar las consecuencias negativas que se
desprenden de la situación social analizada precedentemente, pero si son
muy intensas, pueden fomentar la discriminación social que supone el que
las ocupaciones familiares se atribuyan en exclusiva a la mujer al ser a
la única que se le reconocen cuando trabaja y que eso mismo le impida
conseguir trabajo.
A estas razones podrían unirse otras muchas, por
ejemplo, para fundamentar la exclusión de la mujer de ciertos ambientes
directivos, puede señalarse el clima de estrecha relación, de
complicidad que muchas veces existe entre los directivos de las empresas,
clima en el que frecuentemente aparecen conductas "sexistas" o
"machistas", que llevan a que la mujer sea un sujeto extraño en
esos ambientes y a que aquellos aleguen que les resulta difícilmente
aceptable "estar las órdenes de una mujer" o "trabajar con
ellas".
Todo ello explica -pero desde luego no justifica ni
ampara- la discriminación laboral de la mujer, la que vengo analizando y
puedo sintetizar en lo siguiente: en cuánto tiene mayores dificultades
que el hombre para conseguir empleo, que los empleos que ocupa son
generalmente a tiempo parcial o a domicilio, y que cuando es empleada en
condiciones normales, ocupa los puestos más simples, que requieren menos
formación, peor retribuidos, ajenos a la cadena de mando y de
responsabilidad.
b) Los poderes de decisión unilateral que en el
ámbito laboral se reconocen al empresario
Lo expuesto precedentemente explica la parte social de
lo que en la realidad ocurre, pero ello ¿cómo es posible jurídicamente?
En principio habría que decir que en este último plano la
discriminación no está permitida y basta para ello con hacer remisión a
la regulación interna e internacional, que tiene rango constitucional,
analizadas en el primer capítulo de este trabajo. Pero lo cierto es que
la mera existencia de una norma jurídica que obliga a algo no garantiza
su eficacia práctica y de ello vemos ejemplos a diario (¿qué grado de
cumplimiento tiene la norma que impone ceder el paso al peatón?). Una
norma, para ser realmente eficaz, debe reunir muchos requisitos, a saber:
- Debe ser aceptada socialmente.
- Debe ser clara.
- Debe prever sanciones para su incumplimiento.
- Facilidad para comprobar que la norma se ha
transgredido.
Estos factores no siempre están presentes en las
normas que protegen a la mujer frente a su exclusión laboral y ello
explica que pese a que esas normas existen no siempre sean eficaces.
Con respecto al clima social, es indiscutible que,
especialmente en los últimos tiempos existe en ciertos ambientes sociales
y en ciertos ámbitos de las autoridades públicas notable presión en
favor de la igualdad entre hombre y mujer, pero, como se vio, también
existe, todavía, un fuerte clima social de discriminación hacia la mujer
que, si bien muchas veces ya no se manifiesta de manera abierta, sigue
presente y actuando al menos, de manera encubierta.
No deja de presentar problemas en lo que hace a la
claridad de las normas. Si bien las normas antidiscriminatorias son claras
y la prohibición de conductas discriminatorias es contundente, esa
claridad no hace desaparecer un serio obstáculo; la prohibición de la
discriminación se efectúa en términos generales y cuando hay que
descender a lo concreto la claridad se oscurece.
Veamos un ejemplo muy claro; nuestra legislación es
contundente al prohibir la discriminación de la mujer en el empleo, en el
acceso al empleo. En términos generales la prohibición es muy clara,
ahora bien, y en términos concretos, ¿quién puede asegurar que será
considerada infractora de dicha prohibición una empresa de diecisiete
trabajadores que no tuviese mujeres en su plantel?, ¿y una de cien
trabajadores que sólo tuviese once mujeres?, ¿y una de doscientos
trabajadores (de ellos setenta mujeres) pero que entre sus directivos no
tuviese ninguna mujer?, ¿y una de mil trabajadores, con cien directivos,
de los que sólo diez son mujeres?, ¿y una que cuenta con cuatrocientos
administrativos, de los que doscientos son mujeres, pero sólo catorce
casadas?
En otras palabras, la prohibición de discriminación
es clara, pero esa prohibición general debe conllevar unas determinadas
pautas de comportamiento y a la hora de establecerlas, los términos ya no
son tan claros, ya que no es posible siempre saber si se ha incumplido o
no una obligación concreta derivada de la prohibición general de
discriminación por razón de sexo, enlazando así con los problemas
probatorios a que luego me referiré.
En cuanto a los elementos de control y sanción podría
decirse también algo similar a lo anterior. Cuando se acredita que una
discriminación se ha producido, nuestro ordenamiento reacciona
correctamente, en vía laboral, que es la que en este estudio me interesa,
la conducta discriminatoria está expresamente prohibida y el daño
ocasionado debe ser plenamente reparado. (arts. 17, 63, 72, 81, 172, 178,
181 y 187, LCT; 14 bis y 16 de la CN; 29, L. 24013; 11, L. 25013; L.
23592, etc.).
Ahora bien, esa reacción adecuada parte de que se haya
comprobado la conducta discriminatoria y es aquí donde las dificultades
aparecen y con notable claridad. El problema mayor par la eficacia de las
normas prohibitivas de la discriminación, está en determinar cuando se
ha producido una transgresión de la mencionada prohibición.
La prueba de estas discriminaciones cuenta con serios
obstáculos. En primer lugar, la generalidad de muchas de las
prohibiciones discriminatorias que, como ya expuse, conducen a posteriores
problemas a la hora de determinar las conductas concretas que pueden
considerarse como transgresoras de la citada prohibición. En segundo
lugar, es muy complicado para la trabajadora probar conductas
discriminatorias que aparecen como indirectas y aún como encubiertas en
el marco de otras decisiones empresariales, que aunque hubieran sido
presenciadas por otros compañeros se dificulta su prueba por el temor a
perder el empleo o ser sancionado. En tercer lugar, podemos citar como
factor esencial que imposibilita la prueba la capacidad de decisión
unilateral del empresario. En efecto, el ordenamiento laboral, partiendo
del reconocimiento constitucional de la libertad de empresa en el marco de
la economía de mercado, y como ha sido tradicional en su desarrollo
histórico, reafirma el empresario como titular de la empresa y le
atribuye poder de organizar y dirigir la misma, también, en las
cuestiones relativas al personal. Desde esta perspectiva, las normas
laborales reconocen al empresario el poder general de dirección del
trabajo y organización de la empresa (arts. 64 y 65, LCT). En esa
capacidad de decisión unilateral se incluyen materias tan importantes
como la selección del personal, la jornada de trabajo, sistemas de
organización del trabajo, turnos, rendimientos, retribución, el recurso
a la contratación temporal cuando sea posible su uso, realización de
horas extraordinarias, etc.
Incluso, a esta capacidad de decisión unilateral
pueden sumarse otras decisiones que generalmente, se sujetan al acuerdo
individual entre trabajadora y empresario, pero que en la práctica se
convierten en imposición de este último a la primera. Entre esas
decisiones está, por ejemplo, la propia especificación de las funciones
a realizar, pues aunque debe pactarse (art. 21, LCT), lo normal es que sea
el empresario el que ofrece un puesto de trabajo con unas determinadas
funciones, de tal manera que si la trabajadora no las acepta no resultará
contratada.
Aun más, otras decisiones, conforme a la norma legal,
pueden ser objeto de regulación específica en los convenios colectivos,
pero si no lo son quedan sometidas a la decisión empresarial unilateral,
a lo más sujeta a unos criterios ampliamente genéricos. El ejemplo más
claro se presenta en las decisiones sobre el sistema de ascensos que puede
ser negociado colectivamente, pero si no se ha pactado un sistema, en
realidad quien decide es el empresario, que en todo caso deberá tener en
cuenta: la formación, méritos y antigüedad de los candidatos/as, pero
también las propias facultades organizativas de la empresa.
En todos estos casos, que a título de ejemplo se han
señalado, en los que el margen de decisión unilateral empresarial es
extenso y aparece escasamente condicionado, es claro que la posibilidad de
discriminación hacia la mujer es muy grande.
Es cierto que en estos terrenos de libertad empresarial
en el ámbito laboral, la capacidad unilateral de decisión del empresario
tiene ciertos límites para evitar un ejercicio irrazonable de esa
facultad, debe prever que la decisión empresarial no se produzca con
efectos discriminatorios o que ocasione algún perjuicio material o moral
para los derechos fundamentales de los trabajadores y debe cuidar de no
alterar las condiciones esenciales del contrato. En este sentido, también
la posible discriminación hacia la mujer está legalmente prohibida, como
no podía ser de otro modo, pero precisamente esas posibles
discriminaciones son, en estos casos, muy difíciles de probar, porque en
la medida que se enmarcan en una posible decisión unilateral del
empresario no sujeta a la demostración de razones concretas, será
siempre difícil discernir si la decisión empresarial se enmarca en el
campo de libertad y hasta de relativa arbitrariedad que se le reconoce o,
realmente, es discriminatoria.
También es cierto que esa capacidad unilateral de
decisión empresarial encuentra, en cuanto a su aplicación a las
condiciones de trabajo, el límite de los derechos reconocidos a los
trabajadores con el carácter de mínimos en las normas estatales y
convenios colectivos. Así, por ejemplo, un empresario cuando organiza su
empresa podrá determinar la jornada de trabajo, pero deberá respetar los
condicionantes consagrados en la ley de contrato de trabajo y que,
incluso, pueden ser mejorados para los/las trabajadores/as en el convenio
aplicable. Pero ello no puede hacernos olvidar que en otro terreno
esencial esos condicionantes prácticamente no existen. En el momento del
ingreso en la empresa, la libertad del empresario para ofrecer unos
determinados puestos es muy amplia, como también lo es, y es esta una
cuestión esencial, la libertad que tiene para seleccionar la persona a
contratar, selección en la que puede introducir factores de apreciación
subjetiva y que puede depender de tantos elementos que se convierte en la
práctica en una decisión difícilmente controlable, salvo casos
extremos, y por ello, es terreno abonado para la existencia de
discriminaciones reales, que formalmente no aparecerán como tales.
En este sentido, puede decirse que el margen de
libertad de decisión empresarial es un obstáculo esencial en la tutela
anti-discriminatorias, porque se convierte, al mismo tiempo, en posible
fuente de discriminaciones y en elemento fundamental para dificultar la
prueba.
El reconocimiento jurídico de esos márgenes de
libertad de actuación empresarial se convierte así en el elemento
jurídico que explica, aunque desde luego no ampara ni legaliza, muchas de
las situaciones presuntamente discriminatorias que se producen en el mundo
laboral y que afectan al empleo y al trabajo de la mujer.
Finalmente, al margen de esa dificultad de prueba,
existe una salvedad en cuanto a la eficacia de nuestro sistema de tutela
frente a ciertas discriminaciones. Así por ejemplo la ley 25013 prevé un
incremento en la indemnización por antigüedad cuando se trate de un
despido discriminatorio. A mi ver, como ya lo manifesté en el primer
capítulo, se debió optar por la nulidad del despido y no por una
indemnización agravada, ya que una reparación plena para quien ha sido
discriminado es volver las cosas al estado anterior, por ello se debería
obligar al empresario a continuar con el contrato, lo que no eliminaría
los problemas de prueba, pero que, una vez probada la discriminación,
depararía, a mi juicio, la tutela más eficaz posible.
ANALISIS DE LAS NORMAS DE PROTECCION A LA MUJER Y DE
LOS PRINCIPIOS QUE IMPIDEN SU DISCRIMINACION
Tanto la evidencia anecdótica, como los resultados de
los análisis empíricos realizados al tratar la "realidad de la
participación de la mujer en el mercado laboral del Gran Buenos
Aires" indican que la discriminación genérica sigue una práctica
común en el mercado de trabajo. A pesar de que las leyes existenes y las
intervenciones de política pretenden mejorar las condiciones de trabajo
de la mujer, la realidad demuestra lo contrario. Poco a poco se observa
que más que reducir las brechas en las tasas de participación y en la
remuneración, muchas de las leyes parecen alimentar la permanencia de
estas brechas genéricas, lo que sugiere que éstas normas y políticas no
están siendo completamente efectivas.
Si el objetivo es lograr la máxima contribución de la
mujer al desarrollo económico, debe minimizarse la discriminación
genérica en el mercado laboral. Para ello hay que identificar cuáles son
las deficiencias en las leyes y las políticas existentes para luego
proponer una reforma tendiente a facilitar la participación de la mujer
en el mercado de trabajo, previa revisión y documentación de las leyes
que rigen actualmente, y posterior evolución de su efectividad.(15)
Seguidamente voy a realizar un breve análisis de la
normativa laboral vigente en la Argentina referida a la mujer en el
trabajo, para ello voy a identificar las leyes vigentes agrupándolas en
las siguientes categorías:
a) Normas de protección.
b) Normas de protección a la maternidad.
c) Normas de atención infantil.
d) Normas de protección por matrimonio.
e) Normas sobre remuneraciones equitativas.
f) Las acciones positivas y la no discriminación.
a) Normas de protección
Fueron adoptadas a mediados de la década del 50 con el
fin de proteger a la mujer de la explotación y del trabajo industrial
pesado, de los trabajos peligrosos para su salud, del trabajo nocturno, de
las ocupaciones mineras, de los trabajos que requieren levantar cargas
pesadas, del trabajo al lado de máquinas y con productos químicos
peligrosos.
Se consideró a principios de la década del 70, en los
países industrializados, que estas leyes imponían restricciones
innecesarias en ciertas industrias u ocupaciones y que a pesar de la
existencia de un claro criterio respecto a estas prohibiciones para
mujeres embarazadas o en edad productiva, no había razón para impedir el
empleo de mujeres estériles o por sobre la edad de gestación o
físicamente aptas para ocupaciones de intensa labor.
A mi ver, estas exclusiones de la mujer de ciertas
ocupaciones con el propósito de "protección", ya no puede
justificarse en función del avance tecnológico. Un ambiente de trabajo
inadecuado para mujeres, es probablemente tan inadecuado para el hombre
también, salvo excepción, por lo que correspondería realizar una
modificación legislativa.
La Organización Internacional del Trabajo conserva al
respecto algunos convenios como el 45 sobre tareas insalubres, el 41 que
prohíbe el trabajo nocturno para las mujeres. Este último al igual que
el convenio 4 fueron denunciados por la ley de empleo en cuanto dispuso
derogar la prohibición de las mujeres para el trabajo nocturno y
espectáculos públicos.
También se incluyen como leyes de protección las que
prescriben semanas legales de labor más cortas, descansos más extensos
durante el día y a la hora de jubilarse un retiro más temprano a cuyo
efecto -desde el punto de vista del empleador- muchas veces ha sido la
elevación del costo de la mano de obra femenina en relación a la
masculina, con una pérdida de competitividad relativa a la hora de
postularse para cubrir un puesto de trabajo. En la realidad ninguna mujer
utiliza una pausa para la comida de 2 horas, a mi ver, no hay nada que
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