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La situación era complicada. El
tema se estaba analizando en una de esas habituales, largas y poco fructíferas
reuniones de gerencia. |
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El responsable del área administrativa, el
contador de la empresa, presentaba los números: las cuentas no cerraban.
Era necesario tomar medidas urgentes tendientes a modificar el resultado
negativo.
Y el Gerente General tomó una
decisión: delegó la solución del problema en el contador. Y como era de
esperarse, este último encaró dicha solución utilizando criterios
contables: los números debían cerrar. Ante el asombro del responsable de
las ventas, tomó su primera medida: aumentar los precios de los productos
y servicios comercializados por la empresa. El resultado no pudo ser otro
que el empeoramiento de la situación porque las ventas cayeron aún más,
tornando más críticos los números del balance. Al poco tiempo, el
contador tomó entonces su segunda medida: había que ajustar los gastos.
En esta oportunidad, ante el asombro del jefe de la fábrica, decidió
despedir a una cierta cantidad de operarios, implementó un plan de
retiros voluntarios al cual se acogieron algunos operarios más y
finalmente, les rebajó el salario a los operarios que quedaron.
Obviamente, la situación empeoró. Al haber en la fábrica una dotación
menor a la necesaria, una de las líneas de producción no podía arrancar
y empezó a faltar producto para las pocas ventas que todavía se
concretaban, otras tenían menos personal que el estipulado y en
consecuencia su productividad bajó. El personal que permaneció empleado
trabajaba a desgano, por habérsele bajado los salarios, perjudicando aún
más la productividad. Para compensar la menor dotación y el
incumplimiento de los planes de producción, se empezaron a trabajar horas
extras, aumentando los costos. Finalmente hubo que contratar a parte del
personal que había sido desvinculado, para cubrir las necesidades de
trabajo. Pero ya era tarde. La situación siguió empeorando. El
responsable de la administración renunció. La empresa quebró.
Cuál fue el error que cometió
quien dirigía la empresa? Primero, no reconocer la clase de problemas que
enfrentaba la empresa, y segundo, asignar la responsabilidad de
resolverlos a la persona equivocada. Ambos errores eran un signo claro de
la falta de conocimiento de principios elementales de gestión. Pero más
claro aún, demostraban una absoluta falta de sentido común.
Toda organización está dividida
en funciones, cada una de las cuales tiene objetivos específicos,
recursos asignados para poder cumplir con esos objetivos, y un responsable
a cargo, el que deberá administrar en forma eficiente esos recursos, para
lograr así el cumplimento de los objetivos. Estos responsables deben
tener conocimientos y experiencia acordes al tema que les corresponde
supervisar. Por supuesto, todas las funciones interactúan entre sí, en
la búsqueda del cumplimiento de un objetivo superior, el objetivo de la
organización, bajo la conducción de un supervisor general, el
equivalente al Gerente General de la empresa imaginaria. Esta división
es, por decirlo de alguna manera, básica y elemental, como es de sentido
común, que los responsables de administrar cada función sean idóneos en
el tema que deben dirigir y que cada uno se ocupe de los temas para los
que fue designado.
Este sentido común que
mencionamos, y sin que signifique un juicio de valor para con los
profesionales de la administración o de las ciencias económicas, indica
que estos profesionales no están en general lo suficientemente
capacitados para resolver por ejemplo, problemas de productividad de una fábrica.
Si así fuera, los jefes de fábrica o de producción de las empresas serían
contadores o economistas. Y la realidad indica que esto no es así. Cada
uno debe hacer aquello para lo cual se preparó.
Podemos ahora hacer un paralelo
interesante entre lo ocurrido en nuestra empresa imaginaria y la
Administración Pública Nacional. Si reemplazamos al Gerente General por
el Presidente de la Nación, al encargado de la administración por el
Ministro de Economía y los precios de los productos por impuestos, y
mantenemos el ajuste de los gastos, estamos no frente a una situación
imaginaria sino frente a la realidad nuestra de todos los días. Lo
curioso es que el error que cometió el gerente imaginario es el mismo
error que cometió el presidente: asignar la responsabilidad de la solución
de los problemas que nos aquejan al funcionario encargado de las finanzas
públicas, a los funcionarios del Ministerio de Economía. A los
economistas.
Nuestro país padece desde hace
varios años de una sobredosis de economía. Pidiéndole autorización a
Cervantes, podríamos decir que padece de economicitis. Hemos
transformado a la economía, de ser la ciencia que estudia los problemas
de la producción y la distribución de los bienes para la satisfacción
de las necesidades del hombre, en una especie de ciencia total, capaz de
resolver por sí sola todos los problemas, fuente de todo lo bueno y todo
lo malo que sucede. Y si bien casi todos los problemas que afectan
nuestras vidas tienen su costado económico, en cuanto que prácticamente
todos tienen asociados el consumo de algún tipo de recurso, no por eso la
economía es la ciencia que aportará la solución concreta a esos
problemas.
Es así que existe una verdadera
industria asociada a la economía: diarios y revistas especializadas,
programas de radio y televisión dedicados exclusivamente al análisis de
temas económicos. En sí no está mal que exista. Lo que ocurre es que
hemos perdido el sentido común que nos permita distinguir el límite
entre lo que es el enfoque económico de un problema y lo que debe ser la
solución práctica y real del mismo. Todo se desarrolla en el plano de la
discusión económica, acotándola a una pocas palabras: gasto público, déficit
fiscal, ajuste, intereses de la deuda y alguna otra.
Y por supuesto, asociados a la
economía, están los economistas. Profesionales de la ciencia económica
que estudian e investigan conductas y acontecimientos, tratando de
explicar las razones del comportamiento del hombre y su relación con el
uso de recursos escasos, para así poder plantear escenarios futuros y sus
probables consecuencias, que ayuden a gobernantes y empresarios, e
inclusive al hombre común, en su toma de decisiones. Es cierto que la
complejidad creciente de los problemas sociales, el reclamo de mejor
calidad de vida de la población, la velocidad de circulación de la
información, las enorme variedad de instrumentos de las finanzas
modernas, les han ido otorgando mayor participación en la discusión de
los problemas cotidianos. Pero aún con esta mayor participación, su
función clásica es la misma: analizar, investigar, estudiar, aportar el
resultado de sus trabajos para el logro de una mejor calidad de vida. Sus
conclusiones son indudablemente útiles y necesarias para la toma de
decisiones.
Pero porqué padecemos esta confusión,
este exceso de economía? La razón por la cual en nuestro país todo gira
alrededor de la economía, los economistas y los modelos económicos, se
debe a la incapacidad con que la dirigencia política ha administrado los
recursos públicos en los últimos años. A partir de la ausencia de una
visión de país, de un proyecto de país que oriente la utilización de
los recursos hacia el cumplimiento de objetivos precisos, a lo que debe
sumarse el nombramiento, en los cargos claves de la administración, de
personas sin la capacidad suficiente para ejercerlos, hemos llegado a esta
situación irracional para un país con nuestro potencial. Los resultados
están a la vista: la pésima administración, sumada a la complejidad de
los problemas, la negligencia y la corrupción, generó tal descalabro en
las finanzas públicas, que se terminó trasladando la administración
concreta de los problemas reales a los economistas. Se interpretó que los
valores que tomaban los índices que reflejan la situación económica,
eran consecuencia de problemas de la economía y no el resultado de
problemas de gestión y capacidad. Los efectos de este traslado de la
responsabilidad para la solución de los problemas son similares a lo que
le pasó a la empresa imaginaria que inicia esta reflexión. La recesión,
el desempleo, la marginalidad. La quiebra.
El ejemplo más claro de esto son
los procedimientos utilizados en la elaboración y seguimiento del
Presupuesto Nacional. Lo que debería ser la herramienta fundamental para
llevar adelante una gestión organizada, se reduce a una asignación de
partidas según criterios políticos. Por supuesto que si no hay un
proyecto de país y objetivos claros, planificar que recursos serán
necesarios para el logro de esos objetivos, para luego cuantificarlos y
elaborar el presupuesto correspondiente, es pedirle peras al olmo. Luego,
como el presupuesto fue confeccionado simplemente como un tema de números,
generalmente no se lo puede cumplir. Entonces empiezan los ajustes. Y otra
vez el carro adelante del caballo. Primero se ajusta y luego se ve que
pasa. El objetivo es que los números cierren. No hay sentido común.
Después, tampoco se analiza que se hizo con la plata que se gastó. Lo
importante es ver si se gastó o no. En que, no importa. Otra vez que los
números cierren.
Imaginemos por un momento que con
la salud pasara algo parecido. Que existieran los
medicinistas, profesionales
que estudiaran las variables que afectan la salud de la población,
analizarían porque se enferma la gente, que pasaría si nadie se vacunara
contra tal o cual enfermedad. Después explicarían que porque hizo más
frío que el esperado la gente se resfrió más o hubo más gripe.
Analizarían las razones de las epidemias, aconsejarían evitar el
contacto con bacterias y cosas por el estilo. Aceptaríamos nosotros
quedarnos sólo con este tipo de explicaciones? Por supuesto que no.
Acudimos a los médicos. Tomamos los remedios que nos indican. Nos hacemos
chequeos periódicos. Los médicos, nos recetan primero el remedio y luego
nos preguntan por los síntomas? No. Usan el sentido común. Si se pincha
la goma del auto vamos a la gomería. Si tenemos problemas legales,
consultamos con un abogado. Sentido común.
No saldremos de esta situación si
de una vez por todas no encaramos la solución de los problemas con una
altísima dosis de sentido común. Mientras continuemos creyendo que
porque podemos cuantificar la magnitud de los problemas mediante índices
de tipo económico, la solución de dichos problemas es un tema de la
economía, a solucionar por los economistas, seguiremos errados y sin
respuestas concretas. Quizás habrá momentos de mejora parcial, producto
de alguna política económica particular en algún tema específico, algún
salvavidas para salir de una emergencia, tal vez como está ocurriendo en
estos momentos. Pero la solución definitiva seguirá pendiente.
Es necesario que la dirigencia política
entienda que debe cambiar su estilo de conducción, o al menos, empezar a
tener un estilo. Las bases para este nuevo proceso que deben encarar son
la constancia, la capacidad y el criterio. Constancia, que implica la
definición de un proyecto de país, con objetivos claros y permanentes en
el tiempo, no acotados a los plazos en que dure su participación en el
Estado. Las soluciones que necesitamos no se conseguirán en el corto
plazo. Capacidad, que implica la profesionalidad en la gestión, con
funcionarios idóneos, libres de limitaciones políticas. Criterio, que
implica usar el sentido común para la solución de los problemas, dejando
de lado el voluntarismo propio de los improvisados.
El ex presidente Clinton acuñó
una frase que se repitió una y otra vez en la Argentina. Es la economía,
estúpido!, refiriéndose a la importancia de la economía en la definición
de una elección. Es cierto. Si los índices que muestran la situación de
un país indican que se esta creciendo y que no falta empleo, que hay
bienestar y mejora la calidad de vida, el votante premia con su voto al
gestor de ese bienestar. Pero para que estos índices tengan valores que
indiquen crecimiento y bienestar, debe funcionar la política. Por eso, en
la Argentina también decimos: Es la política, estúpido! Ahora es el
turno de que la política se ponga al servicio de la gente y empiece a
gestionar las cosas públicas con capacidad, constancia y criterio. Es el
sentido común, estúpido!
(*)Ingeniero Industrial
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