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Los
magistrados y funcionarios del Poder Judicial y del Ministerio
Público tenemos, hoy, una vida muy distinta de la que teníamos
hace unos pocos años, y mucho más distinta de la que teníamos
hace bastante tiempo más atrás. |
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Los magistrados y
funcionarios del Poder Judicial y del Ministerio Público tenemos,
hoy, una vida muy distinta de la que teníamos hace unos pocos años,
y mucho más distinta de la que teníamos hace bastante tiempo más
atrás.
El factor
determinante de esta nueva situación es, en esencia, el grave
desprestigio del Poder Judicial. Si bien el descrédito está
focalizado en el Poder Judicial, los integrantes del Ministerio Público
también lo sufren; la sociedad no diferencia pues, en definitiva,
el mejor criterio “histórico” incluyó al Ministerio Público
en el Poder Judicial, entre otras razones para caracterizar la
independencia de aquél, en especial del Poder Ejecutivo; y porque,
en esencia, todos somos parte de un mismo emprendimiento para cuya
concreción fuimos honrados con las designaciones. Esto, obviamente,
sin detrimento de la autonomía del Ministerio Público que, de
alguna manera, en los hechos existía con anterioridad a la acertada
incorporación de aquélla en la Constitución Nacional; y, por
supuesto, con las claras diferencias funcionales que desde siempre
existieron entre ambas instituciones.
Las razones del
desprestigio son numerosas y complejas. El examen profundo de
aquéllas excede las posibilidades de una nota. No obstante,
podemos comenzar con algunos "trazos".
Un
primer aspecto que no debemos perder de vista es la pérdida de
confianza, en general, en casi todos los sectores dirigentes de
nuestro país (en especial, el político y el gremial), y en quienes
ocupan los cargos públicos (funcionarios -en sentido amplio- de los
tres poderes nacionales, provinciales y municipales; de las fuerzas
de seguridad, D.G.I., D.G.A.; entre otros). Las razones sobran y los
ejemplos se presentan a diario. Muchos dirigentes y funcionarios han
mostrado, y algunos siguen mostrando, cuán lejos están de la
sociedad y de las necesidades de la gente. La crisis de
representatividad es inmensa. Por esta razón,
se propone con insistencia la utilización de sistemas de
participación ciudadana. No obstante, el “sector político” no
“renuncia” a métodos que no hacen a la verdadera representación:
el mantenimiento de las listas “sábana” en los proyectos de
legislación política parecería demostrarlo.
Seguidamente,
en lo que atañe de modo específico al Poder Judicial, es innegable
que algunos ex jueces no nos han ayudado, precisamente, a exhibir
con dignidad la pertenencia al poder que integramos. Los
escandalosos y oprobiosos casos por todos conocidos, algunos de los
cuales concluyeron con penas de prisión -impuestas por magistrados;
sobre este punto retornaremos más adelante- “hablan” por sí
solos -sobre algunos otros casos muy específicos, aún no
resueltos, no caben expresiones en este momento, por imperativo
categórico del estado de inocencia-.
Las
lamentables situaciones que se acaban de mencionar han servido,
entre otros motivos, como “disparadores” de una indebida
generalización sobre todos los magistrados y funcionarios del Poder
Judicial y del Ministerio Público, a la que contribuyen algunos
periodistas y algunos medios de comunicación que, de este modo,
“obtienen noticias” que “venden”. Aquellos tristes episodios
también son “aprovechados” por otras personas para “distraer
la atención”.
De
todos modos, para que la situación de desprestigio haya alcanzado
un punto tan álgido, debería estar existiendo algún “caldo de
cultivo”.
En
general, en muchos integrantes de los otros dos poderes nacionales
-sin importar cuál es el partido político que,
circunstancialmente, haya estado o esté en el gobierno- no existe
ni una sincera aceptación, ni un genuino deseo de la independencia
del Poder Judicial, ni de situarse ante este poder “de igual a
igual”. Valga por esto la expresión formulada por quien suscribe
la presente, en otra nota: “... no son pocos los hombres políticos,
algunos de los cuales, incluso, han ocupado y ocupan cargos públicos
(aun de la mayor relevancia) en los Poderes Legislativo y Ejecutivo
que quieren jueces ‘independientes’ ... de los hombres políticos
que son sus adversarios o enemigos. Pero ... ¿también quieren que
sean independientes de ellos mismos? En verdad, muchos de aquellos
hombres políticos se molestan sobremanera con los jueces, cuando éstos
hacen, o no hacen, lo contrario de lo que aquéllos desean o
esperan” (“Remoción de magistrados. Pretensión de decidir la
apertura en razón del contenido de las sentencias”, “La
Ley” 1999-F, págs. 906/7; “Y considerando...” N°
11, agosto de 1999, pág. 10).
Es
más, hasta se podría interpretar que una situación análoga
existe aun desde lo formal. ¿Acaso se sabe, incluso entre nosotros,
que según el “Orden de prelación protocolar”
establecido por el decreto N° 2072/93 -obviamente, dictado por el
Poder Ejecutivo nacional - los jueces de la Corte Suprema de
Justicia de la Nación -cuerpo que, íntegramente, es cabeza y
gobierno de un poder del Estado- distintos del Presidente del más
Alto Tribunal, están
situados después de los ministros del Poder Ejecutivo -de hecho, básicamente
colaboradores presidenciales-, como también después del Jefe de
Estado Mayor General de las Fuerzas Armadas y de los jefes de cada
fuerza?
Si
observamos la apertura de las sesiones ordinarias del Congreso
Nacional que, anualmente, realiza el Presidente de la Nación,
veremos que aquellos magistrados son ubicados, físicamente, detrás
de los ministros del Poder Ejecutivo. Pero si nos detenemos en la
exhibición televisada de la apertura de sesiones del Congreso
estadounidense veremos que, de manera opuesta a lo que sucede en
nuestro país, los
nueve jueces de la Suprema Corte están sentados en primera fila; y
permanecen durante toda la alocución, sin pararse y, por supuesto,
sin aplaudir jamás, contrariamente a lo que hacen todos los
legisladores presentes, incluídos los presidentes de ambas cámaras
y demás asistentes (que se ponen de pie y aplauden al primer
mandatario norteamericano en repetidas ocasiones, durante el
mensaje).
La
permanente “capitis diminutio” en materia presupuestaria no es
novedosa. La ley de autarquía para nada es respetada. Desde un alto
nivel de la función pública se manifestó (no hace mucho), haciéndose
alusión a la “ineficiencia de la justicia”, que desde 1991
hasta 1997 el presupuesto del Poder Judicial se había incrementado
en un 50% (más que en los EE. UU. de América). Sin embargo, si el
dato fuese cierto, se trataría de una “verdad a medias”. Se
omitió recordar la creación, en el período mencionado, del
procedimiento oral en la justicia nacional y federal de todo el país,
con la gran creación de cargos que esto implicó. Tampoco se hizo
referencia a la instalación del Consejo de la Magistratura y del
Jurado de Enjuiciamiento. Todo con el mismo presupuesto. Por otra
parte, el “quid” de la cuestión parecería estar no sólo en el
aumento del presupuesto, sino también en la distribución de éste.
Con toda seguridad, en la gran mayoría de los órganos judiciales
que se dedican de manera específica a impartir justicia, desde 1991
hasta 1997 ni los recursos materiales, ni los humanos, se
incrementaron ni cercanamente al 50%.
Por
estas y otras razones he expresado, con anterioridad, que “Sería
importante que los Poderes Legislativo y Ejecutivo tuvieran
permanentemente presente que ... el afianzamiento y el mejoramiento
de la independencia de los jueces y del Poder Judicial es
indispensable. Para esto, la decisión política en este sentido,
por parte de aquellos poderes, es ineludiblemente necesaria. Esta
decisión se integra, de manera imprescindible, con el fuerte
respeto de aquellos dos poderes por el Judicial, evitando e,
incluso, impidiendo el ‘avance’ sobre este último y cualquier
recorte de sus funciones y de su desenvolvimiento. Obviamente, la
adjudicación y la distribución, proporcionales y adecuadas, de los
recursos materiales y humanos a los órganos que se dedican, específicamente,
a impartir justicia -que es la función esencial y propia del Poder
Judicial- forman parte de aquella decisión política”
(“El cambio de autoridades nacionales”, “Y
considerando...”, N° 15, diciembre de 1999, pág. 7; el
destacado es de la presente).
Faltan
mencionar muchos ingredientes del “caldo de cultivo” al cual se
aludió algunos párrafos más arriba, que pueden ir siendo
comentados en otros trabajos. Pero debe destacarse que aquel
“caldo” se presta para que se cometan muchas injusticias contra
la gente de la Justicia -vaya
paradoja-. En este sentido, la utilización de las denuncias penales
y las que se realizan ante el Consejo de la Magistratura por
litigantes y profesionales inescrupulosos, como una suerte de
“recurso” con posibilidades de lograr “excelentes
resultados“ ante una decisión judicial adversa, se ha
transformado en moneda corriente.
Además
de la obvia e imprescindible acentuación de la autoexigencia para
la mejoría del desempeño de la función, el panorama actual exige
definiciones para comenzar a recuperar el prestigio dañado.
La
agresión inmerecida, injustificada o injusta, debe ser respondida
con firmeza.
Es
ineludible la solidaridad con quien le toca padecer una agresión de
aquellas características. Hoy es él, mañana será cualquiera de
nosotros. La solidaridad no es sólo un sentimiento o una actitud
que tiene por destinatarios a nuestros afectos o relaciones
personales, o que es consecuencia de la caridad. En este caso, la
solidaridad debe ser institucional.
A
quienes pretendan contraponer a esta propuesta el remanido argumento
de que se nos tildará de “corporativistas”, cabe responder que
el argumento no es útil: cuando correspondió juzgar a ex jueces,
los magistrados intervinientes realizaron detenciones y aplicaron
penas, si correspondió así -valga la contraposición con las
actitudes de miembros de otros poderes-.
Tampoco
es óbice la prudencia exigible para el ejercicio de la función
judicial. La solidaridad institucional con firmeza, ante la agresión
inmerecida, para nada se contraponen con aquella indudable
exigencia.
Para
recuperar el prestigio judicial debemos tener muy en claro todos los
conceptos comentados, y trabajar intensamente para que, de una buena
vez, se comiencen a aplicar.
Publicado en "Y considerando ..." N°
21, órgano de prensa de la Asociación de Magistrados y
Funcionarios de la Justicia Nacional.
El autor se reserva todos los derechos de publicación.
Juez de la Cámara Nacional de Apelaciones en lo Penal Económico de
la Capital Federal.
Ex Secretario Letrado de la Corte Suprema de Justicia de la Nación.
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